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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES, 2 de Agosto de 2017

Monseñor Javier Román Arias

Obispo Diocesano de Limón

Querido Pueblo Católico  de Costa Rica,  Señor Presidente de La Republica y Señora Primera Dama, Señor Nuncio Apostólico, Hermanos obispos,  religiosas y religiosos. Hermanas y Hermanos todos.

La Iglesia en nuestro país, hoy está de fiesta, porque celebra con fe y cariño a la Madre común, nuestra Negrita, a María invocada como Nuestra Señora de los Ángeles, a quien los costarricenses, cada año visitamos con fervor y devoción para agradecerle su intercesión amorosa y pedirle su protección maternal.

Hoy queremos unirnos a todos los peregrinos y a todos los costarricenses que han llegado a este Santuario como aquellos que han visitado los otros lugares dedicados a la Negrita -o que nos acompañan a través de los medios de comunicación social-, a rendirle homenaje y veneración filial a nuestra Patrona. Y, para ello, qué mejor forma de hacerlo que por medio de la escucha de La Palabra.

En el texto de la primera lectura que hemos escuchado, nos encontramos con el elogio que la sabiduría personificada hace de sí misma. Estamos en el centro de interés del libro del Eclesiástico. La sabiduría, como si fuera una persona, se alaba a sí misma. También habla en su nombre, el sabio que la posee.

La sabiduría nos presenta el proyecto de Dios sobre el mundo y los seres humanos. Va más allá de la razón humana, porque viene de Dios.

La Iglesia aplica este texto a María, la Madre de Jesús, al llamarla “Trono o Sede de la Sabiduría” ¿En qué sentido? María es sede de la sabiduría en el doble sentido carnal-biológico, porque llevó en su seno al Hijo de Dios, que es la sabiduría encarnada; y en el sentido ético-espiritual, porque acogió la Palabra de Dios, haciéndola objeto de amorosa custodia, en lo íntimo de su corazón.

Por eso, hoy la contemplamos como la mujer en la cual el Hijo de Dios se hizo hombre y, por medio de su maternidad divina, somos adoptados como hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. Por medio de ese espíritu de adopción que hemos recibido, podemos llamar Abba a Dios, es decir, Padre y liberados de toda esclavitud, desde la redención de Cristo que, desde aquel primer Viernes Santo, nos la ha dado como Madre de la Iglesia y de la humanidad.

La contemplamos firme y, a la vez,  como madre dolorosa, al pie de la cruz del Señor. Viendo al Hijo agonizar y morir, María reviviría en sí misma la fe de Abrahán, el cual creyó que “Dios es capaz también de dar la vida a los muertos” (Heb 11,19; ver Rom 4,17).

La Escritura no da noticia de una aparición de Jesús resucitado a su madre. María, sin embargo, realizó otro tipo de visión en la fe. Ella había aprendido a recorrer su itinerario de fe pascual, ya desde el día en que el anciano Simeón, le había pre-anunciado el destino doliente de su Hijo.

Como enseñan nuestros pastores latinoamericanos en el documento de Aparecida: Con ella (María), providencialmente unida a la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4), llega a cumplimiento la esperanza de los pobres y el deseo de salvación.

 La Virgen de Nazaret tuvo una misión en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañado a su hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo: “Y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya” (Jn 19, 27).

 Perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu (cf. Hch. 1, 13-14), María cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente. Como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos… (DA p. 267).

 La Virgen María es bienaventurada tanto por haber dado a luz a su Hijo según la carne como por haber prestado fe a la Palabra del Señor. Incluso la misma maternidad divina fue consecuencia de su pronta obediencia al querer del Padre Celestial.

Ella llevó a Jesús, como decía san Agustín, antes en el corazón que en su vientre.

Tal es también la vocación de toda la Iglesia. También ella es llamada a escuchar y penetrar incesantemente el sentido de las Escrituras. Los signos de los tiempos, los acontecimientos del mundo en medio del cual vive y obra, especialmente cuando sopla la tempestad y todo parece naufragar; cada acontecimiento concreto, tanto en la historia de la Iglesia y del mundo como en la pequeña historia de cada creyente, nos sirve para confrontarnos con la palabra profética de Jesús: “Yo estoy con ustedes siempre…” (Mt 28,20).

 

Valores de la mujer que resplandecen en María

Siguiendo las huellas del Evangelio, es posible advertir valores de la personalidad femenina, que resplandecen en la figura de la Virgen María.

En primer lugar su capacidad de entrega a Dios. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según su voluntad” (Lucas 1:38). El consentimiento de María es una ofrenda total a Dios y manifiesta toda la fuerza de entrega, confianza y de amor, propia de la mujer.

En segundo lugar, su capacidad de entrega al prójimo. En el pasaje de la visita a Santa Isabel se manifiesta la capacidad de la mujer de entregarse al prójimo. María se fue con prontitud a la región montañosa de Judá y se puso al servicio de Isabel en el momento de su necesidad (Lucas 1:39). Por su riqueza interior y personal, por sus características, la presencia de la mujer tiene un influjo humanizante y santificador en beneficio de la persona, de la familia y de la sociedad.

En tercer lugar, su capacidad de iniciativa. Las bodas de Caná manifiestan la capacidad de intuición y de iniciativa de la mujer. Con osadía, María se dirige a Jesús y le convence para anticipar su hora. El milagro le revela como Salvador y suscita en los discípulos la fe que salva (Juan 2:11). La iniciativa de María obtiene un claro reconocimiento. Ella está llamada a tomar la iniciativa en la misión evangelizadora, así como el hombre.

En cuarto lugar su fortaleza en la prueba. En el momento del sufrimiento María manifiesta su fortaleza moral, su fidelidad absoluta y el seguimiento generoso al Señor. Junto a la Cruz ella testimonia que en los momentos dramáticos la mujer es constante, es fiel y es fuerte. En ella el amor al Señor es más fuerte que la turbación del dolor.

Junto a la Cruz, María es consagrada como cooperadora en la obra de salvación, con una misión de maternidad universal. El discípulo amado del Evangelio es símbolo de todos los discípulos que, amados por Cristo, reciben a María por madre. María influye en la generación espiritual de todos los discípulos de Cristo. Asimismo, la mujer es llamada a ejercer una misión de maternidad espiritual, en vista de la humanización y cristianización del mundo entero.

La figura de María ofrece así el modelo perfecto del discípulo del Señor. Ella es testigo del amor, que edifica a Cristo en los corazones.

 

María enaltece la dignidad de la mujer

El papel que Dios en su plan de salvación confió a María eleva la dignidad e ilumina la vocación de la mujer, en la vida de la Iglesia y de la sociedad de hoy.

Se trata de una función única, exigida por la realización del misterio de la Encarnación: la maternidad de María era necesaria para dar al mundo al Salvador, verdadero Hijo de Dios, pero también perfectamente hombre.

María, realizando esa forma de cooperación tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer puede cumplir concretamente su misión. Ante el anuncio del ángel, la Virgen no busca satisfacer ambiciones personales. San Lucas, nos la presenta como una persona que sólo deseaba brindar su servicio con total y confiada disponibilidad al plan divino de salvación.

Se trata del valioso servicio que tantas mujeres, siguiendo su ejemplo, han prestado y siguen prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo.

Pienso hoy en las madres, nuestras madres, que a pesar de las dificultades o situaciones dolorosas dijeron SÍ A LA VIDA. Igualmente, las madres que con paciencia y piedad nos transmiten el don de la fe, una fe sencilla, auténtica y arraigada en la vida.

Pienso tambien, en las esposas entregadas, esforzadas, trabajadoras, consejeras y guías seguras en los momentos de dificultad.

En las miles de agentes de pastoral y docentes que, superando obstáculos de todo tipo, donan con generosidad su tiempo y su conocimiento para orientar a nuestros niños y jóvenes en el amor a Dios y las enseñanzas de la Iglesia.

Las religiosas activas y de clausura que se gastan y se desgastan en la educación, la caridad, la salud, los proyectos de promoción humana entre aquellos que la sociedad aparta o desecha y las que ofrecen su oración por nosotros y el mundo entero.

Por último y no menos importantes, aquellas mujeres sin distingo de edad o condición, que en medio del mundo, los ambientes de trabajo, la política, la academia y la ciencia, contribuyen con su conciencia, espiritualidad y rectitud de vida a hacer del mundo un mejor lugar para vivir.

¡Gracias mujeres! ¡Gracias de todo corazón! ¡Qué sería de la Iglesia y del mundo sin ustedes!

 

Valor de la vida y la maternidad

La figura de María recuerda también el valor de la maternidad, y en ella, el infinito e innegociable valor de la vida humana. En el mundo contemporáneo no siempre se da a este valor una justa y equilibrada importancia.

Como nos recuerda el Papa Francisco, “las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. (Jornada Mundial de la Paz 2017)

Las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, y de la fuerza de la esperanza. No se dan por vencidas y siguen peleando hasta el final para darle lo mejor a sus hijos. ¡Qué sería de nuestra sociedad sin las madres!

A quienes no la conocen, los invito a visitar la Posada de Belén, una de las tantas obras sociales de la Iglesia en nuestro país, que nació para acoger y acompañar a las niñas a las que le fue robada su inocencia y que a pesar de todo dijeron, SI A LA VIDA EN SU VIENTRE.

En este lugar se acompaña, forma y capacita a estas madres adolescentes para que una vez cumplidos los 18 años, posean herramientas para salir adelante junto a sus pequeños.

Es nuestra manera de respaldar con obras la defensa de la vida desde la concepción y hasta la muerte natural. Actualmente hay 65 jóvenes y sus hijos, pero queremos duplicar o triplicar la capacidad en infraestructura para atender muchas más que se encuentran en esa situación.

Estas muchachas son ejemplo de la fuerza sobrenatural de las madres, que no es otra cosa que la gracia de Dios en sus vidas, que las empuja a dar siempre más de sí, a superarse, a tener valor y a conservar la fe a pesar de los problemas y dificultades.

 

María es modelo de esperanza cristiana

A ejemplo de la Virgen, las mujeres, al igual que los hombres, están llamadas a ser agentes de esperanza en medio del mundo. María no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, o que injuria contra el destino de la vida cuando es hostil.

Es en cambio una mujer que escucha, que acoge la existencia así como se presenta, con sus días felices, pero también con sus tragedias, como cuando su Hijo fue clavado en el madero de la cruz.

Las madres no abandonan su misión y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo amado.

Ella estaba ahí. Los evangelios no dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor. Solo dicen: ella “estaba”. Estaba en el momento más difícil, y sufría con su hijo.

María,  no se fue y ni se va tampoco hoy. María está ahí, ¡está aquí! fielmente presente.

Conocemos el dolor de nuestras madres, traspasadas por la violencia, la pobreza y la exclusión social. Golpeadas por la falta de oportunidades, por el abandono y el peso desbalanceado de las responsabilidades del hogar.

Particularmente, en mis visitas a los pueblos de Telire,  he conocido el dolor de madres indígenas que ven morir a sus hijos por enfermedades que se podían prevenir, por falta de una atención médica más constante, por desnutrición y falta de condiciones mínimas para vivir.

Sufren porque las escuelas a las que van sus hijos son ranchos viejos, con piso de tierra y pupitres de troncos. Sufren porque saben que salen de sus casas con hambre y regresan con hambre, porque para ellos los comedores escolares están limitados por las dificultades para trasladar los alimentos.

Sufren porque ante la enfermedad y los embarazos tienen que cruzar ríos caudalosos. Para ellas no hay puentes ni caminos.

Hoy quiero que su voz resuene fuerte en todo el país. ¡Basta de abandono! ¡Basta de olvido y marginación! Su dolor es una obligación de todos los costarricenses, no solo de los funcionarios públicos y las instituciones, todos y cada uno debemos de implicarnos en esta causa, ¡EN ESTA COSTA RICA DESCONOCIDA!.

Sufren también nuestras madres agobiadas porque sus hijos han perdido el camino, porque han dejado que el mal penetre en sus corazones o porque están enfermos o sin empleo.

Sus oraciones NO serán ignoradas. Madres, no dejen de orar y de pedir por sus hijos. Dios las escucha y actuará según su voluntad.

La Virgen al pie de la cruz es una imagen icónica de valor y de fe. Ella está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamado sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión.

Por esto todos nosotros la amamos como Madre y confiados venimos a pedirle su intercesión. No somos huérfanos, nos recuerda el Papa: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios que nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido.

Que en los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús nos ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza.

AMÉN.

 

Homilía con motivo de la peregrinación de la Diócesis de Limón a la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles 2017

Homilía en la novena de la Diócesis de Limón a la Virgen de los Ángeles

Basílica de los Ángeles, martes 25 de julio, 2017

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

 

Queridos hermanos y hermanas.  Hemos peregrinado desde nuestra amada Diócesis de Limón para ponernos a los pies de la Negrita de los Ángeles. Siempre es una alegría llegar a la casa de la mamá y sentirnos abrazados por su amor incondicional.

Por generaciones, los costarricenses hemos venido a este Santuario para pedir la intercesión de la Virgen, para atestiguar sus favores y para dar gracias con el corazón conmovido por tanto amor.

Por eso, venimos con fe y alegría, a poner nuestros anhelos, esperanzas e ilusiones, al igual que nuestros sufrimientos, para que ella, como buena intercesora ante su Hijo Jesucristo, pueda hablarnos con la experiencia de madre.

Las lecturas que hemos escuchado, nos recuerdan que con razón los cristianos llamamos desde hace siglos con el título de “Madre del Buen Consejo” a la Virgen María.

Ella vivió siempre guiada por el Espíritu de Consejo, y nos aconseja hoy a nosotros como lo hizo en las bodas de Caná, hacer siempre lo que Jesús nos diga.

Por eso, en el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos cómo la primera comunidad cristiana se va formando bajo la maternidad de María.

Los que fueron testigos del acontecimiento de la Ascensión del Señor, regresan a Jerusalén para prepararse a la llegada del Espíritu Santo, en ambiente de oración y meditación: Destacan los apóstoles, las mujeres, los parientes del Señor, pero sobre todo María, la madre de Jesús…

La obra y la presencia de María, no había terminado en el Calvario, al pie de la cruz de su Hijo. Los apóstoles formaban la primera Iglesia. Y María era la madre de esa Iglesia. ¿Cómo no iba a estar María ahí? Ciertamente María, no pertenece al grupo de los apóstoles, pues no ocupa un lugar jerárquico, pero es presencia activa y animadora de la oración y la esperanza de la comunidad.

La presencia de María, allí en el cenáculo, es solidaridad activa con la comunidad de su Hijo. Ella es la que, con mayor anhelo y fuerza implora la venida del Espíritu Santo. Su vida está jalonada de intervenciones del Espíritu Santo, quien la cubrió con su sombra y obró en ella la encarnación del Hijo de Dios.

Al recibir, una vez más, la Virgen María al Espíritu Santo en Pentecostés, recibe la fuerza para cumplir la misión que de ahora en adelante tiene en la historia de la salvación: María, Madre de la Iglesia.

Todo su amor y todos sus desvelos, son ahora para los apóstoles y discípulos de su Hijo, para su Iglesia que es la continuación de la obra de Jesús. Ella acompaña la difusión de la Palabra, goza con los avances del Reino, sigue sufriendo con los dolores de la persecución y las dificultades apostólicas.

María en el cenáculo es la Reina de los apóstoles, el trono de la sabiduría que les enseñaba a orar y a implorar la venida del Espíritu, era la causa de la alegría y el consuelo de los afligidos, y por eso les animaba y aconsejaba.

María, primera seguidora de Jesucristo, nos ofrece a Jesús en su regazo como maestro, camino, verdad y vida. En efecto, a María nuestra Madre, la podemos invocar como “Madre del Buen Consejo”: es Madre de Cristo, a quien  el profeta Isaías llamó proféticamente “Maravilla de Consejero»

Es así como hoy queremos celebrarla, como la Madre y Maestra que, enriquecida con el don de consejo, proclama de buen grado lo mismo que pregona la sabiduría del Antiguo Testamento: “Yo poseo el buen consejo y el acierto, son mías la prudencia y el valor” (ver  Prov 8, 14).

 

Una mirada a nuestra realidad

No podemos negarlo, vivimos en una sociedad que camina en tinieblas, que en muchos aspectos ha perdido el rumbo y que necesita dirección, ¡qué diferente sería todo si siguiéramos el consejo de la Santísima Virgen y le hiciéramos caso a Jesús!

Tendríamos un mundo en paz, con justicia y solidaridad, todos seríamos verdaderamente hermanos, nadie pasaría hambre ni estaría abandonado. El perdón y el amor marcarían nuestras relaciones humanas, no tendríamos entre nosotros odios, envidias ni rencor.

Venimos hoy como iglesia diocesana a las plantas de nuestra amada Virgen de los Ángeles para pedirle su consejo, confiados en que acudirá a nuestra necesidad, como lo hizo en el cenáculo, reuniendo y dando valor a los discípulos para la misión.

Le pedimos que nos ayude a hacer de Limón una provincia nueva, donde se vivan los valores cristianos y las enseñanzas de la Iglesia. Un Limón transfigurado en el que las familias se reencuentren, donde luchemos juntos para recuperar la paz, donde rechacemos el narcotráfico y sus consecuencias, donde trabajemos para conservar nuestros recursos naturales, procuremos calidad de vida para todos y nos sintamos parte de una Iglesia viva, cercana y misericordiosa.

Como hijos, le traemos hoy a la Virgen nuestras penas y preocupaciones.

Ponemos en el altar a nuestros indígenas, excluidos por siglos de los beneficios del desarrollo, acallados, explotados y marginados. Traemos también la dura realidad de las personas en situación de calle, a las víctimas de la violencia y las drogas, a los desalojados, desempleados y a todos aquellos que sufren por una u otra razón.

Como saben, he asumido el compromiso de acompañar de modo particular a nuestras comunidades indígenas. En nuestras montañas de Talamanca nacen y mueren niños por causas prevenibles, hay hambre, desnutrición, desempleo, faltan escuelas, acueductos y caminos. Nuestros indígenas viven rodeados de naturaleza, es su ambiente y su cultura, pero de eso a la miseria que yo he visto con mis propios ojos, hay una gran distancia.

Acaba de establecerse que la educación preescolar es obligatoria en el país, ¡pues que lo sea también para nuestros niños indígenas! Que lleguen a ellos los comedores escolares, mejores escuelas y atención médica permanente.

Hay esfuerzos, nadie lo niega, pero se puede hacer más. Hay que capacitar a los funcionarios de la salud en las lenguas y las costumbres nativas, construir puentes en puntos claves, generar emprendimientos y proyectos productivos.

Es una pena ver como el cantón de Talamanca, con toda la riqueza humana y natural que posee, es el número 80, entre 81, en el Atlas del Desarrollo Humano Cantonal (2016). Falta visión, falta compromiso y responsabilidad de las instituciones y de la misma Iglesia con ésta gente.

De hecho, en el índice mencionado, Limón reporta a todos sus cantones por debajo del promedio nacional, una situación explicable en la precariedad del empleo en la provincia: de acuerdo a la Encuesta Continua de Empleo, la informalidad ronda el 40% de la población ocupada en la región, es decir, se trata de personas cuyos ingresos son menores a los de un salario mínimo y por lo tanto no pueden ni siquiera cubrir sus necesidades básicas de alimentación, vestido o vivienda.

Y no es algo nuevo. La Encuesta Nacional de Hogares muestra como la pobreza extrema de la región Caribe pasó de 7,5% en el 2010 a 11,1% en el 2015. Lleva razón quien afirma que la pobreza es una semilla que halló en la zona atlántica un terreno fértil para germinar y crecer con más vigor que en cualquier otra región del país.

Esta realidad tiene que sacudir los corazones y mover a la acción a las instituciones públicas, el gobierno central, las municipalidades, las asociaciones indígenas y las organizaciones no gubernamentales que operan en la provincia.

 

Los limonenses merecemos respeto

Todos nos alegramos por el anuncio de nuevos proyectos en nuestra provincia, modernas construcciones y carreteras, pero siempre hay quienes pierden con todo esto. No nos olvidemos de los que quedarán desempleados, no posterguemos la solución para el próximo gobierno, busquemos juntos nuevas oportunidades para que sigan llevando sustento a sus familias.

Aparte de la carretera y el nuevo puerto, se habla de una Zona Franca en Siquirres, de un nuevo aeropuerto internacional en Matina, del desarrollo de residenciales y condominios en Moín, de centros comerciales, marinas y nuevas industrias… solo el tiempo dirá si se trata de palabras que el viento se lleva o de verdaderos proyectos para incentivar el desarrollo y el trabajo a nuestra provincia.

Hace unos años hablaban de Limón Ciudad Puerto, de miles de millones de dólares en inversión, de proyectos económicos de gran envergadura, de apoyo a las iniciativas culturales y al turismo… ¿Y en qué quedó todo eso? ¡Los limonenses merecemos respeto! ¡No más palabras! ¡Queremos acciones!

Otro tema que presentamos esta mañana a La Negrita de los Ángeles es la violencia que sigue llevando luto y dolor a nuestras familias limonenses. Sabemos que hay un tema delicado de por medio, como es el tráfico de drogas, ante el cual es necesario redoblar, desde todos los flancos, una lucha frontal y decidida, que comienza en las familias, pero que incluye también la necesidad de una mayor respuesta de parte de los cuerpos policiales a este problema.

Nuestras familias y hogares tienen que ser faros de paz, lugares donde siempre queramos llegar porque encontramos tranquilidad, amor y ternura. Donde encontremos comida y cariño, donde los problemas se resuelven en paz, hablando y llegando a acuerdos.

En hogares así no hay espacio para que penetren los vicios y todo lo que conlleva ello. Tenemos que blindar nuestras familias con amor, darles a nuestros hijos razones para levantarse y querer ser mejores personas, haciendo sentir en sus vidas el amor y la misericordia de Dios.

El año pasado los limonenses nos manifestamos con fuerza en una marcha a favor de la paz y la convicencia social. ¡Los limonenses queremos paz! ¡merecemos paz! deseamos vivir sin la amenaza de quedar en medio de un tiroteo, de un asalto o un ajuste de cuentas.

Solo en el 2016, según datos del Organismo de Investigación Judicial, murieron 116 personas de forma violenta en Limón.

Es una guerra la que se libra en nuestra provincia a causa principalmente del tráfico de estupefacientes. Jovenes limonenses… a ustedes les hablo de frente, ¡cuidado con caer en las trampas de las drogas! ¡cuidado con creer que nada les va a pasar! ¡rechacen cualquier tentación de dinero fácil, esfuércense, estudien y salgan adelante de modo honesto y legal!

Cuando alguien se acerque y les ofrezca una vida fácil a cambio de involucrarse en asociaciones ilicitas, recuerden todos estos muertos, los cientos de encarcelados, el dolor de sus padres y las oportunidades truncadas por no haber dicho con firmeza que NO en su momento.

Que en nuestras pastorales juveniles,  grupos de pastoral familiar, catequesis y en cada una de nuestras predicaciones insistamos en esto: a Limón lo sacamos todos adelante, cada uno haciendo lo suyo, ayudándonos mutuamente, porque ¡unidos a Cristo somos invencibles!

 

 La esperanza no defrauda

 La generación de empleo y educación crean gran expectativa en Limón. Esto supone una luz para esta población que espera con ansias el crecimiento y el desarrollo que les ha dado la espalda por años.

Deseamos en limón, no solo la presencia de más empresas, sino también la presencia de más centros de estudio,  como lo son las universidad públicas y privadas. Con su llegada, miles de jóvenes podrán profesionalizarse y hacer frente a los nuevos retos que están por llegar a limón.

Si se logra generar el empleo en la zona, será beneficioso para todos los hogares, por eso es importante que quienes lleven las riendas de este país, se pongan la mano en el corazón,  para invertir no solo en mega puertos, sino también en temas de educación técnica y de la enseñanza de otros idiomas, para que los jóvenes puedan responder a las demandas de las inversiones  se dice se generarán.

Por eso,  quiero decirles mis queridos limonenses que:  ¡La esperanza no defrauda! Pues,  esta es la raíz de nuestra seguridad, la raíz sobre la cual pondremos todos nuestros esfuerzos para tener un Limón nuevo.

Y con esta esperanza, debo decir en justicia también, que no debemos esperar que todo nos caiga del cielo. Hagamos lo propio, esforcémonos, tengamos ilusiones nuevas y trabajemos por un futuro mejor.

 

 El caminar de nuestra Iglesia

Nuestra Iglesia en Limón tiene en su IV Plan Diocesano un norte. Deseamos vivir y promover en todos los agentes de pastoral una profunda conversión personal y pastoral, para que, con actitud de discípulos y misioneros podamos recomenzar, desde Cristo, una vida nueva en el Espíritu, teniendo siempre presente a los hermanos más necesitados.

Queremos impulsar en la Diócesis de Limón la Nueva Evangelización, que desde el encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo, forme  discípulos misioneros, que guiados por el Espíritu Santo respondan a la realidad presente colaborando en la construcción del Reino.

Buscamos hacer que las comunidades, y movimientos eclesiales se pongan en estado de misión permanente, a fin de llegar a los sectores más alejados de la Iglesia, a los pobres, a los indiferentes  y a los no creyentes.

Además, destacar que la vida plena en Cristo es una realidad que se comparte en el servicio a la sociedad y a las personas, para que puedan crecer y superar sus interrogantes, penalidades y conflictos con un profundo sentido de humanidad.

Lo hacemos confiados no en nuestras fuerzas, sino en el impulso de Cristo Jesús, Señor de la Historia, y contando siempre con el consejo y la protección maternal de Nuestra Madre Bendita La Negrita de los Ángeles, a quien hoy aquí en su Santuario dejaremos un ejemplar de nuestro Plan Pastoral Diocesano, con la intención de que nos guíe en su aplicación

 

Queridos hermanos, deseo terminar esta homilía, con la siguiente oración a Nuestra Señora del Buen Consejo:

 Madre del Buen Consejo, dirige tu maternal mirada sobre nosotros.

Deseamos imitarte y seguirte para aprender a tratar y amar a Jesús,

Señor de nuestra existencia.

 El será nuestro tesoro, que mostraremos con gozo a la humanidad.

Por eso te necesitamos:

“Ven con nosotros”, guíanos, Tú, Madre del Buen Consejo

y acompáñanos en la búsqueda de aquello que Tu Hijo ha pensado hoy

para cada uno de nosotros.

 Preséntanos a Jesús, enséñanos a escucharle

y a servirle donde Él nos necesite.

Recuérdanos el consejo que diste en las bodas de Caná:

“Hagan  lo que Él les diga”.

 Por eso Madre y Señora, sé tú la inspiración de nuestros pensamientos, la guía de nuestros pasos, la maestra de nuestra disponibilidad y la Madre y consejera de nuestra perseverancia.

 Amén.

Homilía en el 50 Aniversario de la Comisión Nacional de Catequesis

(Homilía pronunciada el lunes 10 de Julio de 2017, en el Centro Pastoral M. Inés T. Arias, de las Misioneras Clarisas, Moravia, San José, Costa Rica)

(Fotografías cortesía del Eco Católico)

 

Nos reúne el Señor en esta mañana, para escuchar su Palabra y participar de la Eucaristía, en este día en que celebramos el 50 aniversario de la Comisión Nacional de Catequesis.

Damos gracias a Dios por permitirnos vivir este acontecimiento desde la fe, la liturgia y el encuentro fraternal, pidiéndole al Señor que la catequesis costarricense, prosiga en su tesonera y abnegada labor de educar y fortalecer a los fieles cristianos en la fe, en todas sus diversas tareas y en todas las edades, por medio de tantos catequistas generosos y con el apoyo y la oración de todos en la Iglesia, particularmente en las comunidades cristianas.

La Palabra de Dios en este día, nos presenta varias enseñanzas, comenzando por la primera lectura, en la que vemos cómo Jacob emprende la huida hacia tierras de Mesopotamia, escapando de la ira de su hermano Esaú, a quien había engañado varias veces. Y es allí donde le espera Dios.

La escena de hoy, con la escala misteriosa que une cielo y tierra, por la que suben y bajan ángeles y que conduce hasta Dios, parece que tiene una primera intención: justificar el origen del santuario de Betel, en el reino del Norte. Jacob erige un altar a Dios y llama a aquel lugar “casa de Dios”, que es lo que significa el nombre de Betel. Todos los lugares sagrados de las diversas culturas, se suelen legitimar a partir de alguna aparición sobrenatural o de un hecho religioso significativo, más o menos histórico. En el fondo, los pueblos muestran su convicción de la cercanía de Dios y de su protección continua, a lo largo de la historia.

Pero, sobre todo, esta historia quiere legitimar, de alguna manera, el que la línea de la promesa de Dios, que había empezado por Abrahán e Isaac, y que en rigor hubiera tenido que seguir en el primogénito Esaú, ahora pasa por Jacob, aunque sea en medio de intrigas y trampas. Las palabras de Dios a Jacob son casi idénticas a las que escuchó, en su momento, el patriarca Abrahán: “Yo soy el Señor, el Dios de tu padre… todas las naciones se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo…”. Desde ahora, el Señor ha de ser para el pueblo elegido “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”.

Los caminos de Dios son misteriosos. Actúa con libertad absoluta, a la hora de elegir a sus colaboradores en la historia de la salvación. Incluso de las debilidades y fallos humanos, saca provecho para llevar adelante la salvación de la humanidad. Muchas de estas personas, como Jacob, se muestran disponibles a este proyecto de Dios y aceptan ser un eslabón más de esa cadena humana, de la que se sirve Dios para su Reino.

También nosotros, desde nuestro trabajo evangelizador y desde la catequesis, nos sentimos enviados por Dios a este mundo, cada uno en su ambiente y realidad. A lo mejor  no vamos a tener sueños como el de Jacob. Pero tenemos algo mejor, a Jesús que es nuestro Mediador, que nos abre el acceso a Dios y nos ha llamado a ser discípulos suyos y a colaborar con él, siendo luz y sal y fermento en este mundo. Ante las dificultades que esto comporta, tenemos que saber escuchar la voz de Dios: “yo estoy contigo”. Él nos ayuda en el camino, nos conoce y se nos hace cercano.

Tenemos que compartir la confianza que expresa el salmo 90, el que rezamos tantas veces antes de acostarnos: “Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti; él te librará de la red del cazador”.

Por su parte, el evangelista San Mateo nos narra hoy dos milagros de Jesús, entremezclados el uno en el otro: un hombre (al que conocemos como Jairo), le pide que devuelva la vida a su hija que acaba de fallecer, y una mujer que queda curada con sólo tocar la orla de su manto. Ambas personas se le acercan con mucha fe y obtienen lo que piden. Jesús es superior a todo mal, cura enfermedades y libera incluso de la muerte. En eso consiste el Reino de Dios, la novedad que el Mesías viene a traer: la curación y la resurrección, la salud y la vida.

Sabemos que la catequesis, como educación y proceso de la fe, ha de ayudar a los cristianos a encontrarse con Jesucristo. Este es el fin y la razón última de la catequesis: ponernos en contacto con el Misterio de Cristo, por medio de su Palabra y de su enseñanza, como por medio de los sacramentos, por los cuales nos acercamos con más fe a Jesús y le “tocamos”, o nos toca él a nosotros por la mediación de su Iglesia, para concedernos su vida.

En el caso de aquella mujer, Jesús notó que había salido fuerza de él (como comenta San Lucas en el texto paralelo). Así sucede en el encuentro catequético y en la celebración litúrgica: Ambos nos comunican, no unos efectos jurídicamente válidos “porque Cristo  instituyó  los sacramentos hace dos más de dos mil años”, sino la vida que Jesús nos transmite hoy y aquí, desde su existencia de Señor Resucitado.

Hoy nos encontramos de fiesta.

Celebramos el 50 aniversario de la Comisión Nacional de Catequesis, desde aquel memorable día, un 10 de julio de 1967, en que nació como Junta Nacional de Catequesis, como respuesta al proceso de la educación de la fe en el contexto dinámico del Concilio Vaticano II.

Monseñor Román Arrieta Villalobos, siendo obispo de Tilarán, apoyó la idea de renovar la catequesis en Costa Rica y sobre todo de organizarla.  En enero de 1968 fue nombrado el entonces Pbro. Antonio Troyo Calderón, como coordinador de la Junta Nacional de Catequesis, año en que se celebró la Semana Internacional de Catequesis, a la sombra del acontecimiento eclesial de la Segunda Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, allá en Medellín.

Fue a partir del año 1982, con ocasión del Primer Encuentro Nacional de Catequesis, pasó a llamarse “Comisión Nacional de Catequesis”. Progresivamente, fueron tomando forma el Secretariado Nacional, las áreas de trabajo, los secretariados diocesanos de catequesis y el Equipo Nacional de Formación, como también los equipos diocesanos.

Al celebrar los 50 años de camino pastoral, la Comisión Nacional de Catequesis se ha consolidado con su particular espíritu de trabajo en equipo. Los miles de catequistas costarricenses, convencidos de que su vocación y su tarea son una prioridad en la Iglesia, constituyen el mayor motivo de orgullo y esperanza y el principal reto, el cual es el brindarles la formación que necesitan,  para desempeñar  adecuadamente su delicada y noble labor.

Hacemos votos para que su trabajo continúe adelante con entusiasmo, fe y esperanza. Pedimos a Dios que bendiga sus esfuerzos, premie con creces la labor de los que en la Comisión Nacional, han trabajado por tanto tiempo en ella (desde los obispos, sacerdotes y laicos que han entregado su vida y esfuerzos por la catequesis nacional y diocesana), y otorgue la corona inmarcesible de gloria, a quienes ya no están con nosotros, pero que dieron lo mejor de sí por esta Comisión.

Alegrémonos en el Señor y que Él nos infunda fuerza y alegría para seguir adelante y suscite más catequistas en nuestras comunidades cristina y consolide cada día, a nuestra querida Comisión Nacional de Catequesis, por muchos años más. Que así sea.

 

Monseñor Javier Román Arias

Obispo de Limón

Obispo Responsable de la Comisión Nacional de Catequesis

Homilía en el Día Diocesano de la Juventud, 09 de julio de 2017

(Homilía pronunciada el 09 de Julio de 2017, en el Día Diocesano de la Juventud, en el Gimnasio del Colegio María Inmaculada de la ciudad de Limón)

 

Mis queridos jóvenes. Siento una gran alegría de estar hoy en medio de ustedes y dejar que me contagien de su energía y de su fuerza para transformar el mundo.

El Día Diocesano de la Juventud es un momento para celebrar la fe que nos identifica y por la cual llevamos adelante numerosas iniciativas desde las pastorales juveniles, con las cuales la Iglesia desea tener presencia e incidencia en el mundo de los jóvenes.

Habrán escuchado que se ha dicho que ustedes son el futuro de la Iglesia. Pues no, yo digo que son el presente de la Iglesia, el hoy de la evangelización que pasa por su determinación y por su creatividad.

Ustedes viven inmersos en una época de profundos cambios sociales. Hay nuevos modos de relacionarnos, de comunicarnos y de vivir la fe. Nadie como ustedes conoce a sus amigos y compañeros que no están aquí, que no creen o que están doblegados por los vicios o las pasiones.

Son ustedes los llamados a llevar toda esta carga espiritual que hoy están teniendo hasta sus ambientes. Hablen con esos jóvenes que no conocen a Cristo, denles testimonio con su vida, en el trato, y con la amistad sincera y desinteresada. Poco a poco, al sentirse amados, su corazón los llevará de regreso al seno de la Iglesia.

Ustedes son misioneros en el mundo juvenil. Y los misioneros no temen las dificultades, que pueden ser muchas y muy variadas en el mundo que nos ha tocado vivir. Pensemos, ¿adónde nos lleva el miedo? Al encierro. Y cuando el miedo llega a nuestros encierros mentales y espirituales, siempre viene acompañado por su hermana la parálisis.

Corremos el riesgo de sentir que nada podemos hacer, que todo está perdido, y entonces abandonamos la esperanza de un mundo y una sociedad mejor.

Sentir que en este mundo, en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, no hay ya espacio para crecer, para soñar, para crear, para mirar horizontes, en definitiva para vivir, es de los peores males que se nos pueden meter en la vida, y en la juventud.

La parálisis nos va haciendo perder el encanto de disfrutar del encuentro, de la amistad; el encanto de soñar juntos, de caminar con otros. Nos aleja de los otros, nos impide tender la mano.

Un tipo de parálisis muy grave es la comodidad. Sí, así como lo oyen, la comodidad, la seguridad y la tranquilidad del aislamiento de la realidad de los otros, de sus necesidades y de nuestra obligación de salir a su encuentro.

Mis queridos jóvenes, como dijo el Papa en la última Jornada de la Juventud, “no vinimos a este mundo a vegetar, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella”.

Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero que muy caro: perdemos la libertad. No somos libres para dejar esa huella.

Este es el precio y hay mucha gente que quiere que los jóvenes no sean libres, que sigan atontados, embobados, adormecidos. Esto no puede ser, debemos defender nuestra libertad.

Por eso deseo preguntarles hoy delante de Dios:

Se comprometen a mantenerse alejados de las drogas?,

Se comprometen a renunciar a la vida fácil del delito y el pecado?

Se comprometen a asumir la responsabilidad y el trabajo como norma de sus vidas?

Quieren vivir según el plan de Dios y esforzarse por dar testimonio de su fe?

Amigos, Jesús es el Señor del riesgo, el Señor del siempre “ir más allá”. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar la comodidad por un par de tenis -o de botas- que nos ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios y su misericordia.

Dios espera algo de cada uno de nosotros. Nos está invitando a soñar, nos quiere hacer ver que el mundo con cada uno de nosotros puede ser distinto. Eso sí, si no ponemos lo mejor de nosotros, el mundo no será distinto. Es todo un desafío.

Cristo, el siempre joven, él que es la vida, nos invita a dejar una huella que llene de vida nuestra historia y la de tantos otros. Él, que es la verdad, nos invita a desandar los caminos del desencuentro, la división y el sinsentido.

Seamos protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar huella. Que nuestra huella sea de amor, de esperanza y de caridad.

El Señor bendiga sus sueños, Amén.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Homilía en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Celebración en la Catedral Metropolitana de San José
(Foto cortesía Eco Católico)

(Homilía pronunciada en la Catedral Metropolitana de San José, el 30 de Junio de 2017)

  • Excelentísimo Monseñor George Jacob, Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica.
  • Monseñor José Rafael Quirós, Arzobispo de esta sede metropolitana,
  • Hermanos obispos concelebrantes.
  • Distinguidos miembros del cuerpo diplomático y demás instituciones,
  • Queridos sacerdotes, religiosas, religiosos.
  • Un saludo particular a los distinguidos comunicadores y medios de comunicación que hacen posible que hoy muchos hermanos y hermanas se unan a esta celebración de fe.
  • Hermanos todos en Cristo Jesús.

Como Iglesia celebramos la Solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo, un día además dedicado al Santo Padre, hoy el Papa Francisco.

Las lecturas que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles y de la Segunda Carta a Timoteo, nos remiten al martirio y a la entrega completa por Cristo y la Iglesia.

Pedro está en la cárcel, Herodes quiere matarlo y el ángel del Señor lo libera. San Pablo, por su parte, le escribe a Timoteo que está a punto de sacrificar su vida luego de combatir el buen combate, de llegar a la meta, y haber conservado la fe.

Este es el testimonio que hoy conservamos de estas dos grandes columnas de la Iglesia: Pedro y Pablo, tan diferentes en su personalidad pero tan unidos e identificados con el Señor.  Ambos nos recuerdan que del amor a la cruz siempre brotan las semillas fecundas de la Iglesia.

Realmente, ver como Dios se ha valido de la figura de hombres frágiles para hacer fecundo su proyecto, nos llena de confianza en estos momentos, en que como Pedro y Pablo, algunas veces como Discípulos Misioneros del Señor, nos sentimos “encadenados” en medio de una sociedad donde tantos se hacen “sordos” al llamado de salvación.

Pero al mismo tiempo, nos llena de consuelo y fortaleza, contar con la oración continua de una inmensa comunidad creyente que nos alienta a seguir adelante hasta llegar a la meta, y nos recuerda, como a Pablo, que el Señor está a nuestro lado, librándonos de todos los peligros, y dándonos la fuerza para que su mensaje de salvación se siga proclamando, haciendo dichosa la vida de muchos, que como Pedro, le siguen diciendo a Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

(Foto cortesía Eco Católico)

El Día del Papa

Aunque hoy celebramos a ambos apóstoles, los textos de cierta manera nos muevan a poner especial atención en Pedro, y en relación a él, a sus sucesores. Es por ello, que, para el Pueblo de Dios, esta solemnidad es conocida como el “Día del Papa”.

Con su ministerio, el Papa es un referente del modo en que la “eterna novedad del Evangelio” se hace concreta en la historia.  Por esta razón, quisiera, a partir de la persona y mensaje del Santo Padre Francisco, identificar algunos elementos, no todos, que nos ayuden a los creyentes, especialmente a nosotros como Pastores, a ser verdaderos protagonistas de una nueva etapa evangelizadora, pues “Jesús es siempre joven, Él es fuente de constante novedad” (EG 11):

1.- El Papa Francisco es continuidad, no ruptura. No pretende revolucionar la fe y la moral; lo único que ha querido es interpretarlas desde el Evangelio.  Convertirlas en anuncio, más que en una mera doctrina.  Para ello utiliza un lenguaje sencillo, pero no “simplificador”.  Un lenguaje total, que conjuga palabra y gesto. Él mismo ha sido el primero en aplicar sus palabras, asumiendo, por ejemplo, el episcopado como un servicio, y no como un privilegio,  recordándonos además a todos los creyentes, que cualquier actitud verdaderamente cristiana, nos lleva a servir, sobre todo, a los pobres, y no a buscar ser “príncipes”.

2.- El punto de partida para esta nueva etapa evangelizadora propuesta por el Papa Francisco, y que hunde sus raíces en los pontífices anteriores, es la “conversión pastoral y misionera”, que en continuidad con el Vaticano II, “consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad, que la Iglesia está llamada a hacer, a su vocación […] (cfr. UR 6)”. El cambio se gesta primeramente desde adentro, desde las mismas realidades existentes. No se puede cambiar al mundo si primero no se ha transformado el corazón de los hombres y mujeres que lo habitan. El camino que nos propone el Papa no es el de la confrontación, sino el del testimonio y la fidelidad.

3.- La clave esencial para esta conversión pastoral y misionera es ser una “Iglesia en salida”, la cual el mismo Papa define como: “la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan” (EG 24).  Ya en las reuniones preparatorias del cónclave, el entonces cardenal Bergoglio había señalado que la Iglesia no debe incurrir en la autorreferencialidad, no debe ser una Iglesia que, dejándose llevar por el narcisismo, gire alrededor de sí. En el fondo de sus afirmaciones, está el principio de que la Iglesia es misionera por naturaleza, por lo que la misión no es algo que la Iglesia hace, sino que la misión es la que hace a la Iglesia.

4.- Sin olvidar el perenne mandato a la misión ad gentes, el Papa Francisco nos plantea el reto, en continuidad con San Juan Pablo II, de “una salida” que se atreva a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio, tanto las periferias territoriales como aquellas socioculturales, “especialmente las poblaciones urbanas y de las zonas rurales -sin tierra, sin techo, sin pan, sin salud- lesionadas en sus derechos. Viendo sus miserias, escuchando sus clamores y conociendo su sufrimiento…” (EG 191).

(Foto cortesía Eco Católico)

5.- La evangelización, insiste el Papa Francisco, debe hacerse desde la alegría que se produce en el encuentro con la Persona de Cristo. Pero la alegría no sólo es algo que nos mueve a evangelizar, sino que es algo que comunicamos con la evangelización, y lo que damos no es “oro ni plata”, sino “el Nombre de Jesús”, que hace levantarse y pone en camino a los “afligidos por el mal”.

6.- Creo que la palabra clave del pontificado del Papa Francisco es: Misericordia.  Podría decirse que en el corazón del Papa late la idea de que “Un poco de misericordia entre las personas puede cambiar el mundo”.  La misericordia, insiste el Papa, es la fidelidad de Dios a sí mismo, y como diría el gran teólogo Congar: “es la expresión de su absoluta soberanía en el amor”.

7.- El Papa Francisco nos ha enseñado también que el Evangelio es para tender puentes, no para crear barreras.  Pedro y Pablo son ejemplo de ello, pues a través de su ministerio, judíos y gentiles fueron congregados en la única familia de Cristo. El Papa nos ha estado recordando la importancia de una Iglesia en diálogo, tanto hacia el interno, desde la sinodalidad, como hacia el externo, señalando espacios comunes donde nos podemos aproximar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, tal como la preocupación por el futuro de nuestra “Casa Común”.

Iglesia de opciones concretas

El Papa, pues, nos presenta todo un programa pastoral que nos debe de inquietar y llevarnos a cuestionar cómo estamos viviendo la misión que el Señor nos ha encomendado.

Una misión que pasa por hacer opciones concretas dentro de la sociedad: los pobres, los migrantes, los excluidos, los enfermos, los ancianos, los que no se pueden defender, como los niños en el vientre de sus madres, las familias y el cuido de la creación.

Agradecemos a este respecto la última encíclica que Su Santidad nos ha regalado sobre la responsabilidad de los creyentes y toda persona de buena voluntad en la conservación del medio ambiente. “Laudato si” es realmente una propuesta profética que reconoce el valor de la creación, y nos pide a todos una mirada nueva, porque el centro de esa creación es la persona que tiene que custodiar la creación que nos ha dado Cristo.

Y lo primero que debe custodiar es la dignidad de la persona, la dignidad del matrimonio y de la familia. Y sobre esa dignidad, administrar esos bienes de la naturaleza que son creados por Dios, y descubrir ese algo divino que está oculto en toda la naturaleza.

El Papa realmente nos está lanzando con mucha audacia, y por eso rezamos tanto por él para que el Señor le dé la fortaleza en esta tarea que ha emprendido.

En cada una de sus predicaciones y encuentros, el Santo Padre quiere descubrir nuevamente la dimensión del amor que se ve, que se toca, del cariño y de la ternura. Quiere que la Iglesia sea una caricia, un bálsamo de aquellos que hoy sufren, pasan hambre y mueren en la indiferencia y el olvido, también aquí en Costa Rica. Yo doy testimonio de ello por la gravísima situación de la que soy testigo en las comunidades indígenas más alejadas de la Cordillera de Talamanca.

La persona del Papa es, en sí misma, una expresión de este “nuevo modo” de ser evangelizador para nuestro tiempo: ser persona de encuentro; transmitir el mensaje con sencillez, sin necesidad de abaratarlo; acoger a todo el mundo, sin dejar de sacudir sus conciencias; irradiar paz interior, alegría, esperanza y confianza, pero agitando la vida de cuantos lo oyen, dentro y fuera de la Iglesia.

Por eso, queridos hermanos, demos gracias a Dios por el Papa Francisco, por su ministerio y por las enseñanzas que nos regala todos los días. Quiero pedirle a Monseñor George, que nos haga el favor de expresarle al Santo Padre Francisco, el afecto que le profesa el pueblo de Costa Rica y nosotros como sus pastores.

Dígale que oramos por él, que agradecemos sus catequesis y su magisterio, y que nos esforzamos y lo apoyamos para cumplir su sueño de una Iglesia más humilde, auténtica y cercana, como la quiere también Nuestro Señor Jesucristo, para ser fiel testimonio de su amor en medio del mundo.

Dígale que lo apoyamos que siga adelante:

  • En la Renovación de la Curia Romana.
  • En su llamado constante a presentar a la Iglesia más cercana y con corazón misericordioso
  • En presentar el Evangelio con la sencillez de Jesús.
  • En seguir llamándonos a ser pastores cercanos a nuestro pueblo.

Por último, dígale que nos perdone, porque nos quedamos con sus palabras y a veces no hacemos lo que nos pide. Buscamos una foto con él, pero olvidamos sus enseñanzas y ejemplos.

Por eso queremos, al celebrar esta solemne Eucaristía, en la que el mismo Señor nos fortalece con su Palabra y con su Cuerpo y con su Sangre, asumir nuestro compromiso de seguir el Evangelio sin miedo, como lo ha hecho él , para ser testimonio en medio de nuestra Iglesia y de la sociedad

Amén.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

HOMILÍA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 2017

(Homilía pronunciada el Viernes 23 de junio, 2017, con motivo de la Fiesta Titular de Limón y Guápiles)

Queridos sacerdotes, religiosas, hermanos en Cristo Jesús.

Qué alegría estar nuevamente reunidos como una familia alrededor de la Palabra de Dios siempre viva y del banquete eucarístico, donde el mismo Señor Jesús se hace presente en medio de nosotros.

Estamos aquí para celebrar al Sagrado Corazón de Jesús, que tanta relación tiene con el devenir de la fe cristiana en nuestra Diócesis de Limón, consagrada desde hace tantos años bajo su protección.

De hecho, todo el mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, por eso es importante valorar el significado y la actualidad que tiene la devoción que le profesamos.

Este culto se basa en el pedido del mismo Jesucristo en sus apariciones a Santa Margarita María de Alacoque. Él se le mostró a ella y señalando, con el dedo, el corazón, le dijo: “Mira este corazón que tanto ha amado a los hombres y a cambio no recibe de ellos más que ultrajes y desprecio. Tú, al menos ámame”. Esta revelación sucedió en la segunda mitad del siglo diecisiete.

Tendríamos que preguntarnos necesariamente: ¿La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es de interés para nuestro tiempo? Cuando hablamos del Corazón de Jesús, importa menos el órgano del cuerpo que su significado. Sabemos que el corazón es símbolo del amor, del afecto, del cariño. Y el corazón de Jesús significa amor en su máximo grado; significa amor hecho obras; significa impulso generoso a la donación de sí mismo hasta la muerte.

 

No se puede vivir sin amor

Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. El Papa Francisco nos recordaba hace poco que el primer paso que Dios realiza en nosotros, es un amor que nos anticipa de manera incondicional.

Dios siempre ama primero. No nos ama porque nosotros tememos motivos que despierten su amor. Dios nos ama porque Él mismo es amor y el amor por su propia naturaleza tiende a difundirse, a darse.

Dios no vincula su benevolencia a nuestra conversión: aunque ésta sea una consecuencia del amor de Dios. El suyo es un amor incondicional, somos sus hijos amados.

Pensemos en esto: para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? Esa medicina es el amor. ¿Cuál es el remedio para los males del mundo? El amor. ¿Cuál es la cura del egoísmo, de las vanidades y de las pasiones desordenadas? El amor. Por eso, dejémonos cada día alcanzar por esa fuerza vital que brota del Corazón bendito de Jesús.

 

Nuestra respuesta al amor de Dios

Cuando Cristo le mostró su propio corazón a Santa Margarita, no hizo más que llamar nuestra atención distraída sobre lo que el cristianismo tiene de más profundo y original; el amor de Dios.

También durante este mes nos llama nuevamente a nosotros repitiendo como lo hizo aquella vez: ¡Miren cómo los he amado! ¡Sólo les pido una cosa: que correspondan a mi amor!

Y ante esta exhortación del Señor, tenemos que hacer un autoexamen de cómo estamos respondiendo a su amor. La respuesta, lamentablemente es que sufrimos una grave y crónica enfermedad cardíaca, que parece propia de nuestro tiempo, y es que se está disminuyendo e incluso muriendo el amor; el corazón humano se enfría cada vez más y ya no es capaz de amar ni de sentirse amado.

¿Quién de nosotros no sufre bajo esta enfermedad del tiempo actual? ¿Quién de nosotros no sufre bajo esta falta de amor desinteresado hacia Dios y hacia los demás? ¿Quién de nosotros no se siente preso muchas veces de su propio egoísmo, el cual es el enemigo mortal de cada amor auténtico? ¿Y quién de nosotros no experimenta, día a día, que no es amado verdaderamente por los que lo rodean?

Cuántas veces nuestro amor es fragmentado, defectuoso, interesado, impersonal, o manipulador… Amamos algo en el otro, tal vez un rasgo característico, tal vez un atributo exterior, pero no amamos la persona como tal, con todas sus riquezas y también con todas sus fragilidades.

Tampoco amamos a Dios tal como Él lo espera: “Con todo nuestro corazón. Con toda nuestra alma. Con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas” (Mc 12,30).

 

Encender el fuego del amor

Este es, pues el sentido y la actualidad de nuestra devoción al Sagrado Corazón de Jesús. A este tan enfermo corazón moderno contraponemos el corazón de Jesús, movido de un amor desbordante. Y le pedimos que acerque nuestro corazón con el suyo, que lo asemeje al suyo. Le pedimos un intercambio, un trasplante de nuestro pobre corazón, reemplazándolo por el suyo, lleno de riqueza.

Pidámosle hoy que tome de nosotros ese egoísmo tan penetrante, que reseca nuestro corazón y deja inútil e infecunda nuestra vida ¡Que encienda en nuestro corazón el fuego del amor, que hace auténtica nuestra existencia humana!

Que seamos capaces de encender ese amor en los hermanos, especialmente los que han experimentado el rechazo, el odio y la exclusión. Seamos signos del amor de Dios para devolverles la esperanza, la alegría y la dignidad de hijos e hijas de Dios.

Pienso hoy en los niños agredidos y abandonados, en los jóvenes desorientados, que han caído en las drogas, en nuestros ancianos, enfermos, indígenas y aquellos en situación de calle. A los que hemos apartado porque pensamos que no son como nosotros, a los que hemos olvidado y a quienes nos persiguen y que deberíamos de amar más.

Hagámoslo contando con el auxilio de la Virgen Santísima. Ella tiene tan grande el corazón que puede ser Madre de toda la humanidad. ¡Que con cariñoso corazón maternal, nos conduzca en nuestros esfuerzos hacia un amor de verdad, sin egoísmo y sin límites!

¡Qué así sea!

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

La educación religiosa no es un privilegio, es un derecho humano

(Homilía pronunciada el viernes 26 de mayo en Guápiles, con motivo de la Semana de la Educación Religiosa)

 

Un saludo muy especial a ustedes directores, asesores y docentes de Educación Religiosa. También a ustedes queridos agentes de la pastoral educativa, estudiantes y jóvenes.

Qué alegría reunirnos una vez más para celebrar lo más sagrado que tenemos los cristianos, el sacramento del amor, el centro y culmen de nuestra fe, como lo es la Eucaristía.

Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la Iglesia que peregrina en el tiempo hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento celestial hacia el cual se encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.).

El hombre ha sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios puede dar. Pero nuestra libertad herida se perdería si no fuera posible experimentar, ya desde ahora, algo del cumplimiento futuro. Es lo que vivimos aquí.

Para poder caminar en la dirección correcta, necesitamos ser orientados hacia la meta final. Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor del pecado y la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la Celebración eucarística.

La fe de los primeros cristianos

Hemos escuchado en la proclamación de la Palabra, que una noche, en una visión, el Señor dijo a Pablo: “No temas, habla sin callar nada, porque yo estoy contigo”. Los primeros cristianos estaban convencidos de la Presencia de Cristo y esto constituía su fuerza. En las dificultades cotidianas ellos ponían toda su confianza en esta certeza.

“¡No temas!” “¡estoy contigo!”. ¡Qué frases más llenas de esperanza! Pidamos también nosotros el don de la fe para experimentar esta seguridad.

Pablo está retenido en Corinto, y recibe noticias de las dos últimas comunidades fundadas -la de Tesalónica y la de Filipos-.

Sabiendo las situaciones por las que pasan, les dicta dos cartas para fortalecerlos en su fe. Son los primeros escritos del Nuevo Testamento, apenas veintidós años después de la resurrección.

De hecho, Pablo permanece en Corinto un año y seis meses, enseñando entre los corintios la Palabra de Dios.

Es preciso tratar de imaginar esa pequeña comunidad naciente, en sus comienzos, durante ese primer año de existencia. Pablo está allí, él, el apóstol. Y Pablo proclama la Palabra de Dios. Y Jesucristo está allí, presente en sus eucaristías.

El cristianismo no puede vivirse aisladamente. Desde el principio, instintivamente los cristianos se organizaron en pequeños grupos que se reunían en torno al evangelio y a la partición del Pan y del Vino. Compartían y enseñaban a las nuevas generaciones la fe que habían recibido de sus padres.

Fueron, podríamos decirlo con propiedad, los primeros educadores de religión que hubo en la Iglesia. Testigos cercanos de la resurrección del Señor, no podían callar todo aquello que habían visto y oído.

Corinto, en aquella época, era una ciudad pagana. No había un lugar destinado al culto cristiano. Las ceremonias cultuales eran todas ellas destinadas a sus dioses: Atenea, Zeus, Dionisos y otros.

Los cristianos se reunían en la casa de alguno de ellos. Sin duda, como nos narra la propia Escritura, en casa de Priscila y Aquila, un matrimonio fabricante de tiendas, como Pablo.

Eran personas completamente normales, que tenían que trabajar para poder vivir. En ellos, como en nosotros hoy, recae la inmensa tarea de la evangelización. El resto de la historia la conocemos: muchos de ellos entregaron su vida por el anuncio de Cristo. Porque este es el premio de los que siguen sus pasos: encontrarán dificultades, los calumniarán y atacarán, pero el premio reservado para los que se mantengan fieles será la vida eterna.

Tristeza que se convierte en alegría

Así, en el Evangelio, vuelve a hacerse presente el tema de las duras tareas y penalidades que tendrán que enfrentar los discípulos de Jesús tan pronto él se haya ido; lo cual, como él mismo asegura, va a servir para alegría del Maligno.

Pero también les hace saber que todos estos infortunios serán como los de una parturienta al momento de dar a luz: al final, el cúmulo de experiencias será tal, que de todas aquellas dolencias y angustias no quedará nada, porque todo quedará consumido en la feliz presencia de la criatura recién nacida.

Para volver más responsables a sus discípulos, frente a las opciones que decidieron asumir, Jesús establece algunas otras precisiones que van a servirles de experiencia durante todo su proceso.

Les confirma que a pesar de que no tendrán su presencia física, la compañía que les ofrecerá va a ser de mucha valía para todos. Cuando ya estén viviendo verdaderamente el proyecto del Reino, estarán tan convencidos de la valía de tal causa, que ya no tendrán que preguntarle nada más. Esa capacidad de saber qué es necesario y qué no, la obtendrán por la asistencia del Espíritu.

Para la comunidad debe quedar claro el hecho de que la adhesión a la Causa del Reino de Dios pasa necesariamente por el dolor. Este dolor es más que una metáfora de la entrega de nuestra vida a la causa del más necesitado (Mt 25, 31ss). Al final sólo recordaremos el fruto regado con tantas lágrimas.

La Palabra de Dios para este día nos recuerda dos fundamentales características de los testigos de la resurrección: no dejarse dominar por el miedo y no silenciar el mensaje de Vida Nueva propuesto por Jesús.

La Iglesia, cuando vive su vocación profética y busca que su anuncio a favor de la vida vaya acompañado con la denuncia de las injusticas siempre terminará incomodando.

Hoy son muchos los que en distintas partes del mundo son amenazados y amedrentados por la defensa de la vida en todas sus formas. Debemos elevar una oración pidiendo fortaleza para los que son perseguidos y comprometernos con el Dios del Vida resucitada para que, venciendo nosotros el miedo, nos sumemos a las luchas por la extensión de su reino de justicia y paz.

Educadores, testigos de Cristo

Estamos esta mañana a las puertas de iniciar la Semana Nacional de la Educación Religiosa, y el contexto no podría ser mejor para analizar la identidad del docente de educación religiosa y de todos los que, en general, se convierten en agentes de evangelización en el mundo educativo.

El educador está llamado, al igual que Pablo, a anunciar con valentía la buena noticia del Evangelio, a no temer ser fieles a la vocación sabiendo en todo momento que el Señor va con nosotros.

Como nos recuerda el Papa Francisco, a la luz de la educación iluminada por la fe, nuestras escuelas y colegios no se reducen simplemente a organizaciones de trabajo, son comunidades educativas que colocan en el centro de su misión el compromiso a favor de la educación integral de los jóvenes, con el fin de contribuir en el desarrollo de su potencial humano a nivel cognitivo, afectivo, social, profesional, ético y espiritual, también por medio de caminos de formación en la fe, promoviendo la alianza educativa con las familias y animando a las estudiantes para que sean protagonistas.

Siendo comunidades educativas, nos debemos de comprometer a promover y custodiar el valor de las relaciones humanas, que unen a docentes, padres, gestores con lazos de afinidad de valores y compartiendo el proyecto educativo.

Por consiguiente, en lugar de asumir actitudes meramente reactivas de cerrazón defensiva ante la sociedad secularizada que alimenta valores como el individualismo competitivo y que legitima, mejor dicho, acrecienta, las desigualdades y parece desafiar la educación en sus valores más profundos (la primacía de la persona, el valor de la comunidad, la búsqueda del bien común, el cuidado de la fragilidad y la inquietud por los últimos, la cooperación y la solidaridad…), los agentes de educación religiosa estamos llamadas a asumir actitudes proactivas para reafirmar el valor de la persona humana, superando la indiscutible exaltación del provecho y de la utilidad como medida de todas las opciones, de la eficiencia, de la competitividad individualista y del éxito a toda costa.

Atentos al futuro

Se ha dicho y no podemos cansarnos de repetirlo: la educación religiosa no es un privilegio, es un derecho humano y en ese contexto los padres de familia pueden demandar su impartición en las escuelas y colegios.

Nos alegra saber que finalmente el Consejo Superior de Educación aprobó el establecimiento de dos etapas para impartir la Educación Religiosa en el país: una primera confesional para la educación general básica y una segunda de carácter ecuménico para la educación diversificada.

Ha sido una lucha muy larga y desgastante para que esto se consolide, y se haga valer el voto de la Sala Constitucional emitido desde el año 2010.

Ahora corresponde a cada uno de ustedes velar por el correcto y efectivo desarrollo de estas etapas, y hacer que los programas que se van a  elaborar, respondan verdaderamente a los principios y valores sobre los que se asienta la identidad costarricense.

No se puede seguir dando largas a este tema. La educación religiosa responde al derecho que tiene toda persona a una educación integral, que atienda sus convicciones más profundas y lo oriente para la correcta toma de decisiones en la vida.

Y no podemos olvidar jamás que los principales y primeros educadores en la fe de sus hijos e hijas son los padres de familia. Cada hogar cristiano tiene que ser una escuela de vida en la fe, un proceso que el Estado está llamado a apoyar solidariamente, pero jamás suplantar o invadir.

Queridos funcionarios, docentes y estudiantes, hagamos de la asignatura de Educación Religiosa un espacio para el crecimiento mutuo, y ante que la palabra, utilicemos nuestro ejemplo de vida para formar a los niños y jóvenes.

Ellos aprenderán siempre más del testimonio que de la teoría. Seamos responsables educadores, primero con nuestras vidas, de quienes tendrán en muy poco tiempo que llevar los destinos de nuestro país.

Que superando la inercia de hacer siempre lo mismo, sean ustedes capaces de luchar para que la formación de los estudiantes sea atrayente, interesante e inquietante para sus vidas. Siembren preguntas esenciales en su conciencia y denles argumentos para que ellos mismos encuentren respuestas que orienten su vida al bien y la verdad.

La educación religiosa no es menos importante que la enseñanza de la matemática, de los idiomas o la computación. Los primeros que tenemos que entenderlo somos nosotros, y esforzarnos para que sea una experiencia de fe que nuestros niños y jóvenes deseen vivir cada semana.

La Virgen María, a quien veneramos con especial énfasis en este mes de mayo, ella que es modelo de educadora en la fe, nos guíe y acompañe en esta noble misión. Amén.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

 

Homilía de la Misa Vocacional en el Seminario Central, Jueves 04 de Mayo de 2017

 

Misa vocacional, Diócesis de Limón

Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles

Jueves 4 de mayo, 2017

 

El Espíritu, protagonista de la misión

Estimados Padres formadores, profesores, familiares y amigos. Queridos seminaristas.

Me parece oportuno recordar el sentido de estas misas vocacionales que celebramos mensualmente por diócesis aquí en esta casa de formación sacerdotal. Existen en primer lugar para dar gracias a Dios por el don de la vocación, para pedir su ayuda y perseverar en una formación que es ciertamente exigente, y que demanda de cada uno el mejor y más honesto esfuerzo.

Las misas vocacionales nos permiten también abrir las puertas del Seminario a familiares, amigos, vecinos y conocidos, para que vean qué hacemos aquí y cómo vamos caminando juntos por los caminos que Dios quiere para nuestras vidas.

Este contacto es muy importante, porque nos sentimos como una gran familia en la que unos oramos por otros, nos comprometemos en nuestra libre opción de vida y valoramos a quienes abren su corazón a Dios para responder al llamado de ser sus testigos en medio del mundo.

Hay quienes piensan que aquí ocultamos cosas, que enseñamos doctrinas, que somos gente como no muy normal por estar en el Seminario. Pues en realidad se trata de ignorancia y desconocimiento, por eso yo les pido a que vayan y salgan y cuenten a todos la alegría que se vive en este lugar, la paz y la realización que nuestros seminaristas manifiestan, que son jóvenes normales con aspiraciones, sueños, alegrías y penas, pero que en medio de todo quieren servir a Dios y a los hermanos, especialmente los más necesitados.

Como un gesto concreto de ello, hemos puesto aquí estos alimentos que serán llevados a las familias pobres que tanto los necesitan en las montañas de Talamanca. Gracias a los que han traído su donación, y a los que no pudieron o se les olvidó, igualmente gracias por sus oraciones, que nos animan en este proyecto de ser caricia de Dios en medio de tanta necesidad que tenemos allá en las comunidades indígenas de nuestra diócesis.

Vieran que caminando por aquellas montañas, con el barro por las rodillas, a veces pasando por peligros muy reales, uno se da cuenta que cuando Dios llama, verdaderamente él capacita para la misión.

Yo jamás me hubiera imaginado hasta hace dos años una misión como esta de ser obispo, si acaso dos veces en mi vida había ido a Limón, y mucho menos poder asumir un compromiso personal –que debe ser de todos en la diócesis- con los pobres entre los pobres, los olvidados, los últimos, los que no cuentan para nadie más que para la Iglesia, como son nuestros indígenas.

Es una alegría y una realización sentir el agradecimiento sincero cuando se les visita, ellos no tienen nada más que sus gestos y sus palabras para dar, y basta, uno sale de cada gira renovado espiritualmente y lleno de esa satisfacción que viene de Dios.

Dejar actuar al Espíritu

Yo fui seminarista como ustedes, queridos jóvenes. Sé perfectamente lo que es estar aquí, las inquietudes que surgen y lo importante que es dejar actuar al Espíritu Santo. Muchas veces queremos forzar cosas, hacer lo que queremos y no es así.

La vida es un camino, estar aquí también lo es. La formación es un proceso, nada de lo que aquí vivan es tiempo perdido. Sea que se confirme el día en que sean ordenados presbíteros o que Dios tenga para ustedes otra vocación, como la vida al matrimonio, esta riqueza espiritual la llevarán siempre con ustedes.

Cuando hablo de dejar actuar al Espíritu me refiero a afinar el oído y los demás sentidos, para percibir su presencia en medio de las comunidades y de las personas. Muchas veces pensamos que lo que conviene en pastoral es lo que nosotros pensamos, y no lo que la gente quiere o necesita. Seamos dóciles y escuchemos a Dios en la oración y en los sacramentos.

Busquemos siempre participar con el corazón limpio en la Santa Misa, acudamos con alegría a la Reconciliación y vivamos su presencia eucarística en coherencia de vida. Que lo que prediquemos se lo que hagamos, que nuestra visa refleje aquello en que creemos y que nada ni nadie nos robe el amor de Dios. Es lo mejor y más gratificante que podemos hacer, para dejar fluir su gracia santificante en nuestras vidas.

Las lecturas que hemos escuchado nos presentan el episodio del eunuco a quien evangeliza y bautiza el diácono Felipe. Se trata de un relato típicamente lucano, bastante paralelo al de los discípulos de Emaú.

La escena parece que tiene la intención de presentar cómo es el camino de la iniciación cristiana: el anuncio de Jesús, la fe, la celebración sacramental y la vida cristiana. Evangelización, conversión, sacramento y vida.

No es extraño que el salmo responsorial de hoy sea misionero: “Aclama al Señor, tierra entera. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios”. Pero cómo conocerá el mundo a Dios. Solo con el testimonio de cristianos dispuestos y bien formados, una tarea que se asume con responsabilidad y conciencia desde este Seminario.

El diácono Felipe -siempre guiado por Dios, que lleva la iniciativa- nos da una espléndida lección de pedagogía en la evangelización: ayudar a las personas, a partir de su curiosidad, de sus deseos, de sus cualidades, a que encuentren la plenitud de todo ello en Cristo Jesús y le acepten en su vida.

Muchos, como el Eunuco, siguen buscando y preguntándose hoy dónde está el Mesías: ¿en las sectas? ¿en las religiones orientales? ¿en los mil medios de huida de la vida hacia mundos utópicos? ¿Quién les anuncia a estas personas, jóvenes o mayores, que la respuesta está en Cristo Jesús? Nos corresponde, queridos hermanos, a nosotros. Que en cada diálogo y en cada encuentro seamos capaces de encender la chispa de la fe y la alegría de sentirnos hijos del mismo padre.

En el Evangelio que hemos escuchado, el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm sigue adelante, progresando hacia su plenitud. La idea principal sigue siendo también hoy la de la fe en Jesús, como condición para la vida. Y se insiste: La fe es un don de Dios, al que se responde con la decisión personal.

Al final de la lectura parece que cambia el discurso. Ha empezado a sonar el verbo “comer”. La nueva repetición: “yo soy el pan vivo” tiene ahora otro desarrollo: “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Donde Jesús entregó su carne por la vida del mundo fue sobre todo en la cruz. Pero las palabras que siguen, y que leeremos mañana, apuntan también claramente a la Eucaristía, donde celebramos y participamos sacramentalmente de su entrega en la cruz.

Nosotros creemos en Jesús y le recibimos sacramentalmente: ¿de veras esto nos está ayudando a vivir cada día más alegres, más fuertes, más llenos de vida? Porque la finalidad de todo es vivir con él, como él, en unión con él.

Nuestro compromiso misionero

El próximo domingo celebraremos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. No quiero dejar pasar esta oración para motivar al tema que el Papa Francisco nos propone para este año 2017: “Empujados por el Espíritu para la Misión”.

Nos recuerda el Santo Padre que el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria.

No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión.

Esto vale especialmente para nosotros, los sacerdotes, y para quienes se están formando para serlo. Con renovado entusiasmo misionero, estamos llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres ahí donde están en los caminos, en las casas, los campos, los centros de trabajo y de estudio.

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44). Sacerdotes que tengan la seguridad de que Jesús camina con nosotros, como lo hizo con los discípulos de Emaús y que suya es la obra. Él es quien hace germinar la semilla que nosotros plantamos en medio de nuestras debilidades humanas.

La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios. Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión.

Finalmente, no olvidemos que estamos en mayo, mes de la Virgen María. Ella como madre amorosa que nos ayuda para cumplir la misión. Su testimonio de entrega amorosa al plan de Dios es nuestra mejor ruta para cumplir cada día el discipulado misionero.

La Virgen supo decir sí a Dios, un sí que ha abierto para la humanidad nuevas esperanzas y nuevas alegrías. Decir sí a Dios es fuente de bendición abundante, que no está exenta de dificultades, pero que conforta el alma y devuelve siempre el ciento por uno.

Queridos amigos, gracias por estar aquí esta noche. Que Dios nos ayude a seguir por este camino de encuentro y de formación para responder con generosidad a todo su amor por nosotros.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Homilía de la Ordenación Sacerdotal de Adalberto Doratti en Guápiles, 6 de Mayo de 2017

 

EL SACERDOTE, AMIGO DE JESÚS

 Muy buenos días Adalberto, sacerdotes, seminaristas, familiares y amigos que hoy nos hemos congregado para ser testigos de la acción de Dios en la vida de la Iglesia.

Es motivo de una profunda alegría poder congregarnos para la ordenación sacerdotal de este hijo y hermano nuestro. Y lo hacemos con la confianza puesta en el Espíritu Santo, que es quien vivifica a la Iglesia y la renueva permanentemente, dándole pastores según el corazón de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy, Jesús nos vuelve a llamar sus amigos  (Jn  15,15) así se lo dijo a sus discípulos y nos los dice a nosotros, son palabras que reflejan un profundo sentimiento de amor y compasión, porque él nos conoce, nos ama y se convierte en compañero de camino, en nuestro consejero más seguro, en la persona en la que debemos poner toda nuestra confianza y nuestra fe.

Con el Señor como amigo podemos dialogar acerca de nuestra vida, nuestras inquietudes, nuestros anhelos y debilidades, seguros de que de él recibiremos siempre aliento de vida y luz para seguir adelante tras sus pasos.

No importa la dificultad o el pecado, siempre Jesús estará ahí como amigo entrañable, como fiel defensor en nuestros momentos de alegría, pero también en los de duda e incertidumbre.

Jeremías nos recuerda que nuestra vida está en manos de Dios, quien nos ha llamado desde el vientre materno. A veces queremos huir de la vocación que Dios nos ha dado, evitar sus dificultades, pero terminamos comprendiendo que ahí en lo que el Creador quiere para nosotros está nuestra plena alegría y realización.

Nada ni nadie nos darán jamás el gozo que significa cumplir la vocación para la cual hemos sido llamados. Y con mucha más razón nosotros, que siendo ministros ordenados nos debemos en cuerpo y alma a una vida de espiritualidad y servicio por el Reino de Dios y los hermanos.

Nuestra historia es la historia de seguimiento al Señor. Un seguimiento que tiene lugar dentro de la Iglesia. Estamos por eso llamados a vivir en unidad, como nos exhorta San Pablo en la carta a los Efesios.

Somos un solo cuerpo, una Iglesia que es santa porque está fundada sobre Cristo, y pecadora porque somos nosotros, que en medio de nuestras muchas fragilidades, la conformamos.

Nuestro deber como bautizados, y como ministros en la Iglesia es aspirar cada día a la santidad, al testimonio consecuente de nuestra fe, con todas las consecuencias que ello puede significar.

El sacerdote, servidor de todos

Querido Adalberto, has optado por el sacerdocio porque amas con todo tu corazón y con toda tu alma a Jesucristo y porque quieres prestarle tu humanidad para que Él, a través de ti hable, actúe, goce y sufra en su comunidad, en su Iglesia.

La misión que hoy asumes como presbítero será la de actualizar para la comunidad cristiana la Cena Pascual del Señor en la Eucaristía y prolongar la entrega eucarística de Jesús en el servicio humilde a la comunidad cristiana y a sus miembros más débiles.

Hoy el Señor te coloca, por la acción del Espíritu Santo, al frente de la comunidad.

La forma de servicio que hoy usted asume descarta la arrogancia y el protagonismo, ya que eres enviado en nombre de Cristo a evangelizar a los pobres, a vendar los corazones desgarrados, a pregonar a los cautivos su liberación y a los reclusos su libertad, y a proclamar el año de gracia de Dios.

Esta tarea profética te va a exigir un servicio sin horarios y te pedirá que silenciosamente cargues los pesos de los demás. La gente te pedirá mucho más de lo que puedes ofrecer. La mayoría te querrá mientras te necesite y te olvidará cuando no te necesite. En más de una ocasión te preguntarás: “Yo, que todo el día me preocupo de los demás. ¿Quién se preocupará de mí? ¿Quién me consuela? ¿En qué hombros puedo yo reclinar mi cabeza?

Y la respuesta, Adalberto, es en el hombro de Jesucristo, en el hombre de tu obispo, en el hombro de tus hermanos presbíteros que el día de hoy te acompañan y animan.

Ahí recuperarás el aliento para seguir sirviendo, no desde arriba como lo hacen los príncipes, sino desde abajo como un siervo humilde y sufriente. Porque sólo quien ha experimentado en alguna medida que servir es fuente de libertad y de alegría, asume responsablemente el servicio sacerdotal.

Mis humildes consejos

Adalberto, su ordenación nos alegra a todos; alegra a tu madre aquí en la tierra y a tu amado padre en el cielo. Alegra a la diócesis de Limón, tan urgida y necesitada de nuevas vocaciones a la vida sacerdotal y alegra también a la Iglesia universal.

Pero, sobre todo, alegra a Jesucristo que se siente seguido, amado y testificado de manera relevante entre los suyos. Que esta alegría sea para ti el regalo duradero del Espíritu Santo que hoy has recibido.

De mi parte quisiera que me recibas como tu padre en la fe, y que con el corazón de un hijo escuches mis consejos, que no son fruto de caprichos u ocurrencias, sino de mi experiencia de vida sacerdotal.

Adalberto, ser sacerdote no te da privilegios más allá del privilegio de servir. Levántate temprano, y que tu primer pensamiento sea Dios y nada más que Dios. Que tu alma no descanse hasta encontrarte con él en la oración, los sacramentos y en los hermanos que sufren.

Aprovecha el tiempo, nada de perezas, la vagancia es la madre de todos los vicios. Busque qué hacer, no espere que le digan, que la iniciativa sea un rasgo de su vida como sacerdote. Que cuando se refieran a usted siempre digan qué sacerdote tan activo, tan comprometido y alegre.

Irradie cercanía, que las personas no teman acercarse y compartir su vida. No sea distante ni frío, aprenda de Jesús que supo vivir en medio de las personas, ponerse en su realidad, conmoverse y entregarse por completo.

No deje que lo administrativo le quite el tiempo que debe utilizar para ser pastor. Delegue, confíe y sepa rodearse de la gente adecuada. Que sus compañías lo ayuden a crecer como persona y como sacerdote, nunca confunda la amistad con la fiesta, no se deje llevar por los excesos y aléjese de los ambientes y las personas que sabe lo pueden hacer caer.

Salga a buscar a los pobres, no espere que lleguen. Vaya a sus casas, coma con ellos, siéntase uno más en medio suyo.

Recuerde, se ordena para ser sacerdote de Cristo al servicio de la comunidad, no para ser párroco o vicario de tal o cual parroquia. Todas por igual tienen necesidad de pastores entregados y santos.

La oración y la misa diaria le van a dar fuerza para enfrentar los muchos retos que vendrán. No se deje llevar por la rutina, no se ahogue en banalidades, no llene vacíos con cosas, sino solo con la paz que da el amor de Dios.

Dele oportunidad a los laicos, aprenda de ellos, pídales ayuda cuando sea necesario. El sacerdote no es una isla, ni un príncipe. Es un pastor en medio de su rebaño.

Sepa que soy un Padre que por amor le puedo llamar la atención, y si lo hago me va a doler, pero siempre buscaré su bien para que pueda, con la fuerza de Dios, cumplir con el camino que el Señor quiere para su vida.

Empujados a la misión

Mañana domingo celebraremos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y como lo leía en la misa vocacional del pasado jueves, no quiero dejar pasar esta ocasión para motivar al tema que el Papa Francisco nos propone para este año 2017: “Empujados por el Espíritu para la Misión”.

Nos recuerda el Santo Padre que el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria.

No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión.

Esto vale especialmente para nosotros, los sacerdotes. Con entusiasmo misionero, estamos llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres.

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así, nos recuerda el Santo Padre: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44). Sacerdotes que tengan la seguridad de que Jesús camina con nosotros, como lo hizo con los discípulos de Emaús y que suya es la obra. Él es quien hace germinar la semilla que nosotros plantamos.

La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios. Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión.

Siempre de la mano de la Virgen

Adalberto, que la Virgen María te enseñe el abandono confiado, sin reserva alguna, de tu presente y de tu futuro en Dios. Cuando se nos llama a una tarea difícil, nace en nosotros todo un mundo de temores: ¿Podré? ¿Resistiré?

Estos temores constituyen esa reserva cautelosa que nace del instinto de conservación. La fe de María consistió en la victoria sobre esa reserva y esos temores. Ella se puso en manos de Dios y fue capaz de decir: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38).

No quisiera terminar esta reflexión sin invitarles a todos ustedes, hermanos aquí presentes a volver la mirada a Dios y pedir por Adalberto y el ministerio que hoy se le confía. Y también por todos los sacerdotes de nuestra diócesis y por mí, indigno siervo de Cristo. Sus plegarias suben a Dios y bajan en forma de bendiciones para nosotros. Deseamos y necesitamos contar con ellas siempre.

Que San Agustín, tan importante en tu vida espiritual, Adalberto, San Vicente de Paúl, Nuestra Madre bendita María Santísima y el Sagrado Corazón de Jesús te guarden bajo su protección y amparo hasta el último día de tu vida.

ASI SEA

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Homilía en la Misa Crismal, Lunes Santo, 10 de abril, 2017, Catedral de Limón

LA IGLESIA ES FAMILIA UNIDA EN EL AMOR

Muy queridos hermanos

Representa para mí como obispo una alegría inmensa encontrarme una vez más para celebrar juntos esta Santa Misa Crismal. Saludo con afecto a mis queridos hermanos sacerdotes, diácono, religiosas, seminaristas y laicos que nos acompañan aquí en la casa de todos, nuestro templo catedral, y a quienes a través de Radio Nueva y Radio Casino nos escuchan desde sus casas o trabajos.

Esta Semana Santa ha dado inicio ayer con el Domingo de Ramos. Se trata de un tiempo fuerte para la Iglesia en que hemos de procurar un crecimiento espiritual que nos impulse hacia nuevos caminos dentro de la misión evangelizadora que compartimos.

Con la mirada puesta en la Resurrección del Señor, nos adentramos en los misterios de la fe, seguros de que Aquel que ha muerto en la cruz por amor, está aquí y ahora en medio de nosotros, animando y fortaleciendo nuestro compromiso como Iglesia.

La Iglesia vive por el amor, como una familia que se nutre del amor de sus miembros, así la Iglesia, con Cristo como cabeza, se vivifica en la caridad, en el encuentro, en la celebración fraterna y las obras de misericordia.

Me gusta mucho esta imagen de la Iglesia como la gran familia del amor de Dios. En una familia nadie sobra, por el contrario, todos somos importantes y necesarios. En una familia la alegría de uno es alegría de todos, y los problemas de uno son los problemas de todos.

La familia se apoya y empuja, fundamenta sus decisiones en el diálogo fraterno, camina unida y cuando alguien cae no le abandona, sino que se corre en su auxilio para que se levante y siga adelante.

Así somos, así debemos de ser y de actuar como Iglesia. Como una familia que antepone el bien de todos al bien particular, como una familia que comparte intereses, que crece en número y en madurez, que vive la fe y la comparte con todos.

Los sacerdotes somos parte de esta familia. Ustedes que nos acompañan este día son nuestra familia, en medio de ustedes nos sentimos acogidos y acompañados, apoyados y fortalecidos para seguir adelante con alegría y esperanza, dando lo mejor de cada uno aún en medio de nuestras muchas debilidades y pecados.

El obispo, como padre, está llamado a marcar el camino, a orientar y a tomar decisiones, a veces fuertes y dolorosas, para el bien de su familia. El obispo es el primer servidor de todos y probablemente el más urgido de sus oraciones. No es un dictador, ni una persona que no escucha razones. Si supieran cuanto duele a veces tener que decidir sobre situaciones difíciles que requieren una respuesta firme…

En estos años al frente de esta amada diócesis he podido compenetrarme con el ser y el quehacer limonense. Soy uno entre ustedes, por mis venas corre el verde de Talamanca y el verde azulado de nuestro Mar Caribe. Me alegro con la sonrisa de nuestros niños, el calipso y un buen rondón.

Doy gracias a Dios todos los días por tenerme aquí, y por tenerlos a cada uno de ustedes a mi lado. Por contar con sacerdotes tan entregados y serviciales, por el ejército de agentes de pastoral que animan la evangelización todos los días, por tener familias tan comprometidas con la Iglesia y personas que nos apoyan y ayudan en todos nuestros planes y proyectos.

La Diócesis de Limón navega en medio de las tormentas que el mundo de hoy nos presenta segura porque sabe que su timón lo lleva Cristo. Él se encarga de que lleguemos a buen puerto, de que se multiplique el número de quienes le aman y le siguen de todo corazón. Nosotros solo somos herramientas en sus manos, inútiles siervos de quienes Él se vale para llevar adelante su obra de amor y redención.

Unidos a Cristo sacerdote

Con esta conciencia celebramos hoy esta Misa Crismal, que tiene y manifiesta un profundo significado centrado en el sacerdocio. Se refiere tanto al sacerdocio común que todos los fieles disfrutamos desde la unción bautismal, como, sobre todo, al sacerdocio ministerial de Jesucristo del que participamos quienes, por una misteriosa elección divina, hemos recibido el Sacramento del Orden.

Por tanto, la principal actitud que hoy nos conviene a todos es la voluntad de unirnos a Cristo sacerdote, hecho oblación agradable al Padre, que se ofreció de una vez para siempre como sacrificio de perfecta obediencia para la redención de la humanidad entera, por eso antes de iniciar el Triduo Sacro, la Iglesia quiere que nos reunamos como familia para agradecer también al Señor el don de su sacerdocio y la tarea de nuestra dedicación y entrega al ministerio, ¿cómo? Renovando las promesan ante el obispo y bendiciendo los oleos y consagrado el Crisma.

Hemos escuchado que la Oración Colecta nos pide a cada uno de los consagrados, que seamos en el mundo testigos de la obra redentora de Cristo. Este testimonio empieza por nosotros, queridos  sacerdotes y seminaristas, es un llamado a vivir la fraternidad sacerdotal, tal y como nos exhorta el Concilio Vaticano II, cuando afirma en uno de sus documentos sobre el sacerdocio que “los presbíteros estén unidos con sus hermanos por el vínculo de la caridad, de la oración y de una cooperación que abrace y comprenda todo” (Presbyterorum ordinis , 8).

San Juan Pablo II decía a un grupo de sacerdotes y seminaristas que “el genuino espíritu fraterno les llevará felizmente a atender con solicitud ejemplar a sus  hermanos sacerdotes cuando estén afligidos por la enfermedad, por la pobreza extrema o por la soledad, cargados con las labores excesivas o cuando el peso de los años haga más fatigoso el trabajo apostólico…”

Pedía además una particular atención a las situaciones de un cierto desfallecimiento de los ideales sacerdotales o la dedicación a actividades que no concuerden íntegramente con lo que es propio de un ministro de Jesucristo. Es entonces, recordaba el Santo Padre, “el momento de brindar, junto con el calor de la fraternidad, la actitud firme del hermano que ayuda a su hermano a sostenerse en pie”.

Dar testimonio de amor y santidad

Ahora bien, si la redención fue la expresión máxima del amor de Dios al hombre, hecha perceptible en Jesucristo, quienes estamos vinculados por el sacerdocio a la misión salvífica del Mesías, deberemos procurar, también y principalmente, vivir y testimoniar el amor de Dios a los hombres.

Y el amor se manifiesta con amor. Dicho de otro modo: testimoniar o manifestar con la vida el amor que Dios nos tiene es misión que comporta, simultáneamente, narrar con palabras la gran gesta del Señor, y mostrar fehacientemente a la vez que nosotros estamos amando al prójimo. Para ello tendrá que ser ese amor, al estilo divino, el que rija, día ,ese es al amor que deben experimentar quienes se acercan a nosotros en cada una de nuestras parroquias.

Sin amor no se proclama el amor; y sin amor, no se siembra el amor. Por tanto, sin amar a Dios, que es el principio y la fuente de todo amor verdadero, no puede vibrar en nosotros el amor al prójimo; y si no brilla en nosotros el amor al prójimo, no estamos en condiciones de participar en la excelsa misión que Jesucristo recibió del Padre: salvar el mundo por amor.

Estamos llamados a ser agradecidos con Jesucristo que nos ha hecho partícipes de su misma unción y misión, por eso unámonos en una plegaria sincera para que Dios nos ayude “a ser en el mundo testigos fieles de la redención que ofrece a todos los hombres”.

Nos ilumina muy bien la Primera Lectura de Isaías y el Evangelio. El profeta anuncia su vocación, que consiste en un Don de Dios y que designa como una unción. Esta vocación está en función de los más afligidos de Sion, pues cunde entre ellos el desánimo porque no llega la restauración prometida. El consuelo consiste en decirles que el tiempo del gran cambio va llegar, y será entonces cuando verán la benevolencia de Dios.

Es una llamada a la alegría, porque el que lo hace tiene la firme confianza en que Dios apresura ese tiempo de salvación y eso en tan cierto como el crecimiento de la hierba en el campo, o como el ir y venir de las mareas del mar.

 Podemos preguntarnos, ¿y cómo ser testigos hoy? Con una vida santa, siendo sacerdotes santos, reconociendo que podemos fallar, pero que tenemos que vencer el pecado y luchar cada día por acercarnos más a la fuerza que viene de Dios, para poder ser dignos comunicadores de su mensaje de vida y salvación.

Se nos pide que perseveremos en la vocación que hemos recibido como un don, y que llevemos a cabo la tarea en que estamos empeñados. Miremos siempre la misión que nos ha sido confiada, soñemos con ella y hagamos de su cumplimiento la razón de ser de nuestras vidas. Esta conciencia alejará cualquier pensamiento que nos distraiga de cumplir aquello por lo cual hemos sido consagrados.

Los óleos y el crisma

En esta Misa se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos.  La palabra Crisma proviene del latín chrisma, que significa unción. Así se llama ahora al aceite y bálsamo mezclados que consagraré más adelante.

Con esos óleos serán ungidos los nuevos bautizados y se signará a los que reciben el sacramento de la Confirmación. También son ungidos los obispos y los sacerdotes en el día de su ordenación sacramental.  Así pues, el Santo Crisma, es decir el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautizo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los sacerdotes y obispos.

Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados se vigorizan, reciben la fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar al mal, antes de que renazcan de la fuente de la vida en el bautizo.

El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados. El aceite simboliza el vigor y la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador como el de Jesús.

Esta consagración que vamos a realizar incumbe especialmente a ustedes queridos hermanos y hermanas, fieles laicos, porque ustedes son signo material de la identidad y de la misión cristiana.

Recalco identidad y misión, porque les toca todos los días enfrenarse a un mundo paganizado, igual que tiempos de Cristo, y necesitamos de su fuerza para hacerle frente.

La forma de vida anticristiana y anti humana están arrasando con todo. La vida no vale para muchos. Aquí mismo en Limón en muchos de nuestros barrios hemos perdido la paz. Cuántas familias lloran la pérdida de un ser querido… Recordamos con dolor las imágenes que nos llegaban hace unos días desde Siria y Egipto. Niños inocentes que mueren del modo más cruel que se pueda imaginar. Todo esto refleja la acción del mal y tiene que hacernos crecer en la convicción de que el cristiano está llamado a transformar el mundo.

Muchas veces nos dejamos llevar por el dinero, el poder, las modas, el mundo se aleja de Dios, se quiere quitar a Dios de todo, se va perdiendo el valor de la familia… , de la vida esa es la realidad que hoy nos toca y no podemos  desanimarnos.

Debemos más bien salir, como dice el Papa Francisco, que nos lanza a una Iglesia en salida, confiando en Dios y no en nuestras falsas seguridades. El Santo Padre nos invita a ir a las periferias geográficas y existenciales para llegar a tener una presencia misionera en los territorios vacíos de la presencia eclesial. Debemos llegar con la Palabra y el Amor de Dios, con la ayuda efectiva de la caridad hacia los más pobres, los marginados, los que no cuentan para nadie.

Me alegra saber que  muchos como agentes de pastoral ya están trabajando generosamente en ello, se los agradezco de corazón y les pido hagan lo posible por sumar a otros, hay espacio para todos en esta Iglesia en salida.

Conclusión

Para finalizar expreso mi gratitud y aliento a ustedes mis hermanos sacerdotes que en seguida van a renovar las promesas sacerdotales. Escuchen bien lo que la Iglesia les propone en esas dos preguntas que debo formularles, y que se resumen en fidelidad y entrega. Piénsenlo mientras responden “Sí quiero” y que esa respuesta sea un deliberado acto de amor a Cristo y a la Iglesia.

Yo agregaría algo más a ese “Sí quiero”, y es el deseo de vivir sinceramente lo que implican la unidad de la Iglesia y la fraternidad sacerdotal. Que seamos capaces de afirmar hoy nuestro deseo de liberarnos de toda ambición y de todo rencor, de la murmuración y los chismes, que son el terrorismo de la Palabra, como nos lo enseña el Papa, y reiteremos la convicción de querer vivir en la verdad de la pureza, en la castidad del celibato, entregados por completo a hacer presente a Cristo en medio del mundo, acrecentando la oración para ser un auténtico padre espiritual para los fieles.

Y a ustedes queridos hermanos y hermanas. Por favor únanse a todas estas intenciones por medio de su oración. Ustedes nos ayudan a ser santos con sus sacrificios y ejemplo. No dejen de pedir a Dios por cada uno de nosotros. Que el Señor nos ayude a todos a vivir estos días con mucha fe y devoción.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón