Homilía de la Misa Vocacional en el Seminario Central, Jueves 04 de Mayo de 2017

Homilía de la Misa Vocacional en el Seminario Central, Jueves 04 de Mayo de 2017

 

Misa vocacional, Diócesis de Limón

Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles

Jueves 4 de mayo, 2017

 

El Espíritu, protagonista de la misión

Estimados Padres formadores, profesores, familiares y amigos. Queridos seminaristas.

Me parece oportuno recordar el sentido de estas misas vocacionales que celebramos mensualmente por diócesis aquí en esta casa de formación sacerdotal. Existen en primer lugar para dar gracias a Dios por el don de la vocación, para pedir su ayuda y perseverar en una formación que es ciertamente exigente, y que demanda de cada uno el mejor y más honesto esfuerzo.

Las misas vocacionales nos permiten también abrir las puertas del Seminario a familiares, amigos, vecinos y conocidos, para que vean qué hacemos aquí y cómo vamos caminando juntos por los caminos que Dios quiere para nuestras vidas.

Este contacto es muy importante, porque nos sentimos como una gran familia en la que unos oramos por otros, nos comprometemos en nuestra libre opción de vida y valoramos a quienes abren su corazón a Dios para responder al llamado de ser sus testigos en medio del mundo.

Hay quienes piensan que aquí ocultamos cosas, que enseñamos doctrinas, que somos gente como no muy normal por estar en el Seminario. Pues en realidad se trata de ignorancia y desconocimiento, por eso yo les pido a que vayan y salgan y cuenten a todos la alegría que se vive en este lugar, la paz y la realización que nuestros seminaristas manifiestan, que son jóvenes normales con aspiraciones, sueños, alegrías y penas, pero que en medio de todo quieren servir a Dios y a los hermanos, especialmente los más necesitados.

Como un gesto concreto de ello, hemos puesto aquí estos alimentos que serán llevados a las familias pobres que tanto los necesitan en las montañas de Talamanca. Gracias a los que han traído su donación, y a los que no pudieron o se les olvidó, igualmente gracias por sus oraciones, que nos animan en este proyecto de ser caricia de Dios en medio de tanta necesidad que tenemos allá en las comunidades indígenas de nuestra diócesis.

Vieran que caminando por aquellas montañas, con el barro por las rodillas, a veces pasando por peligros muy reales, uno se da cuenta que cuando Dios llama, verdaderamente él capacita para la misión.

Yo jamás me hubiera imaginado hasta hace dos años una misión como esta de ser obispo, si acaso dos veces en mi vida había ido a Limón, y mucho menos poder asumir un compromiso personal –que debe ser de todos en la diócesis- con los pobres entre los pobres, los olvidados, los últimos, los que no cuentan para nadie más que para la Iglesia, como son nuestros indígenas.

Es una alegría y una realización sentir el agradecimiento sincero cuando se les visita, ellos no tienen nada más que sus gestos y sus palabras para dar, y basta, uno sale de cada gira renovado espiritualmente y lleno de esa satisfacción que viene de Dios.

Dejar actuar al Espíritu

Yo fui seminarista como ustedes, queridos jóvenes. Sé perfectamente lo que es estar aquí, las inquietudes que surgen y lo importante que es dejar actuar al Espíritu Santo. Muchas veces queremos forzar cosas, hacer lo que queremos y no es así.

La vida es un camino, estar aquí también lo es. La formación es un proceso, nada de lo que aquí vivan es tiempo perdido. Sea que se confirme el día en que sean ordenados presbíteros o que Dios tenga para ustedes otra vocación, como la vida al matrimonio, esta riqueza espiritual la llevarán siempre con ustedes.

Cuando hablo de dejar actuar al Espíritu me refiero a afinar el oído y los demás sentidos, para percibir su presencia en medio de las comunidades y de las personas. Muchas veces pensamos que lo que conviene en pastoral es lo que nosotros pensamos, y no lo que la gente quiere o necesita. Seamos dóciles y escuchemos a Dios en la oración y en los sacramentos.

Busquemos siempre participar con el corazón limpio en la Santa Misa, acudamos con alegría a la Reconciliación y vivamos su presencia eucarística en coherencia de vida. Que lo que prediquemos se lo que hagamos, que nuestra visa refleje aquello en que creemos y que nada ni nadie nos robe el amor de Dios. Es lo mejor y más gratificante que podemos hacer, para dejar fluir su gracia santificante en nuestras vidas.

Las lecturas que hemos escuchado nos presentan el episodio del eunuco a quien evangeliza y bautiza el diácono Felipe. Se trata de un relato típicamente lucano, bastante paralelo al de los discípulos de Emaú.

La escena parece que tiene la intención de presentar cómo es el camino de la iniciación cristiana: el anuncio de Jesús, la fe, la celebración sacramental y la vida cristiana. Evangelización, conversión, sacramento y vida.

No es extraño que el salmo responsorial de hoy sea misionero: “Aclama al Señor, tierra entera. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios”. Pero cómo conocerá el mundo a Dios. Solo con el testimonio de cristianos dispuestos y bien formados, una tarea que se asume con responsabilidad y conciencia desde este Seminario.

El diácono Felipe -siempre guiado por Dios, que lleva la iniciativa- nos da una espléndida lección de pedagogía en la evangelización: ayudar a las personas, a partir de su curiosidad, de sus deseos, de sus cualidades, a que encuentren la plenitud de todo ello en Cristo Jesús y le acepten en su vida.

Muchos, como el Eunuco, siguen buscando y preguntándose hoy dónde está el Mesías: ¿en las sectas? ¿en las religiones orientales? ¿en los mil medios de huida de la vida hacia mundos utópicos? ¿Quién les anuncia a estas personas, jóvenes o mayores, que la respuesta está en Cristo Jesús? Nos corresponde, queridos hermanos, a nosotros. Que en cada diálogo y en cada encuentro seamos capaces de encender la chispa de la fe y la alegría de sentirnos hijos del mismo padre.

En el Evangelio que hemos escuchado, el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm sigue adelante, progresando hacia su plenitud. La idea principal sigue siendo también hoy la de la fe en Jesús, como condición para la vida. Y se insiste: La fe es un don de Dios, al que se responde con la decisión personal.

Al final de la lectura parece que cambia el discurso. Ha empezado a sonar el verbo “comer”. La nueva repetición: “yo soy el pan vivo” tiene ahora otro desarrollo: “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Donde Jesús entregó su carne por la vida del mundo fue sobre todo en la cruz. Pero las palabras que siguen, y que leeremos mañana, apuntan también claramente a la Eucaristía, donde celebramos y participamos sacramentalmente de su entrega en la cruz.

Nosotros creemos en Jesús y le recibimos sacramentalmente: ¿de veras esto nos está ayudando a vivir cada día más alegres, más fuertes, más llenos de vida? Porque la finalidad de todo es vivir con él, como él, en unión con él.

Nuestro compromiso misionero

El próximo domingo celebraremos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. No quiero dejar pasar esta oración para motivar al tema que el Papa Francisco nos propone para este año 2017: “Empujados por el Espíritu para la Misión”.

Nos recuerda el Santo Padre que el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria.

No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión.

Esto vale especialmente para nosotros, los sacerdotes, y para quienes se están formando para serlo. Con renovado entusiasmo misionero, estamos llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres ahí donde están en los caminos, en las casas, los campos, los centros de trabajo y de estudio.

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44). Sacerdotes que tengan la seguridad de que Jesús camina con nosotros, como lo hizo con los discípulos de Emaús y que suya es la obra. Él es quien hace germinar la semilla que nosotros plantamos en medio de nuestras debilidades humanas.

La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios. Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión.

Finalmente, no olvidemos que estamos en mayo, mes de la Virgen María. Ella como madre amorosa que nos ayuda para cumplir la misión. Su testimonio de entrega amorosa al plan de Dios es nuestra mejor ruta para cumplir cada día el discipulado misionero.

La Virgen supo decir sí a Dios, un sí que ha abierto para la humanidad nuevas esperanzas y nuevas alegrías. Decir sí a Dios es fuente de bendición abundante, que no está exenta de dificultades, pero que conforta el alma y devuelve siempre el ciento por uno.

Queridos amigos, gracias por estar aquí esta noche. Que Dios nos ayude a seguir por este camino de encuentro y de formación para responder con generosidad a todo su amor por nosotros.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

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