Homilía de la Ordenación Sacerdotal de Adalberto Doratti en Guápiles, 6 de Mayo de 2017

Homilía de la Ordenación Sacerdotal de Adalberto Doratti en Guápiles, 6 de Mayo de 2017

 

EL SACERDOTE, AMIGO DE JESÚS

 Muy buenos días Adalberto, sacerdotes, seminaristas, familiares y amigos que hoy nos hemos congregado para ser testigos de la acción de Dios en la vida de la Iglesia.

Es motivo de una profunda alegría poder congregarnos para la ordenación sacerdotal de este hijo y hermano nuestro. Y lo hacemos con la confianza puesta en el Espíritu Santo, que es quien vivifica a la Iglesia y la renueva permanentemente, dándole pastores según el corazón de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy, Jesús nos vuelve a llamar sus amigos  (Jn  15,15) así se lo dijo a sus discípulos y nos los dice a nosotros, son palabras que reflejan un profundo sentimiento de amor y compasión, porque él nos conoce, nos ama y se convierte en compañero de camino, en nuestro consejero más seguro, en la persona en la que debemos poner toda nuestra confianza y nuestra fe.

Con el Señor como amigo podemos dialogar acerca de nuestra vida, nuestras inquietudes, nuestros anhelos y debilidades, seguros de que de él recibiremos siempre aliento de vida y luz para seguir adelante tras sus pasos.

No importa la dificultad o el pecado, siempre Jesús estará ahí como amigo entrañable, como fiel defensor en nuestros momentos de alegría, pero también en los de duda e incertidumbre.

Jeremías nos recuerda que nuestra vida está en manos de Dios, quien nos ha llamado desde el vientre materno. A veces queremos huir de la vocación que Dios nos ha dado, evitar sus dificultades, pero terminamos comprendiendo que ahí en lo que el Creador quiere para nosotros está nuestra plena alegría y realización.

Nada ni nadie nos darán jamás el gozo que significa cumplir la vocación para la cual hemos sido llamados. Y con mucha más razón nosotros, que siendo ministros ordenados nos debemos en cuerpo y alma a una vida de espiritualidad y servicio por el Reino de Dios y los hermanos.

Nuestra historia es la historia de seguimiento al Señor. Un seguimiento que tiene lugar dentro de la Iglesia. Estamos por eso llamados a vivir en unidad, como nos exhorta San Pablo en la carta a los Efesios.

Somos un solo cuerpo, una Iglesia que es santa porque está fundada sobre Cristo, y pecadora porque somos nosotros, que en medio de nuestras muchas fragilidades, la conformamos.

Nuestro deber como bautizados, y como ministros en la Iglesia es aspirar cada día a la santidad, al testimonio consecuente de nuestra fe, con todas las consecuencias que ello puede significar.

El sacerdote, servidor de todos

Querido Adalberto, has optado por el sacerdocio porque amas con todo tu corazón y con toda tu alma a Jesucristo y porque quieres prestarle tu humanidad para que Él, a través de ti hable, actúe, goce y sufra en su comunidad, en su Iglesia.

La misión que hoy asumes como presbítero será la de actualizar para la comunidad cristiana la Cena Pascual del Señor en la Eucaristía y prolongar la entrega eucarística de Jesús en el servicio humilde a la comunidad cristiana y a sus miembros más débiles.

Hoy el Señor te coloca, por la acción del Espíritu Santo, al frente de la comunidad.

La forma de servicio que hoy usted asume descarta la arrogancia y el protagonismo, ya que eres enviado en nombre de Cristo a evangelizar a los pobres, a vendar los corazones desgarrados, a pregonar a los cautivos su liberación y a los reclusos su libertad, y a proclamar el año de gracia de Dios.

Esta tarea profética te va a exigir un servicio sin horarios y te pedirá que silenciosamente cargues los pesos de los demás. La gente te pedirá mucho más de lo que puedes ofrecer. La mayoría te querrá mientras te necesite y te olvidará cuando no te necesite. En más de una ocasión te preguntarás: “Yo, que todo el día me preocupo de los demás. ¿Quién se preocupará de mí? ¿Quién me consuela? ¿En qué hombros puedo yo reclinar mi cabeza?

Y la respuesta, Adalberto, es en el hombro de Jesucristo, en el hombre de tu obispo, en el hombro de tus hermanos presbíteros que el día de hoy te acompañan y animan.

Ahí recuperarás el aliento para seguir sirviendo, no desde arriba como lo hacen los príncipes, sino desde abajo como un siervo humilde y sufriente. Porque sólo quien ha experimentado en alguna medida que servir es fuente de libertad y de alegría, asume responsablemente el servicio sacerdotal.

Mis humildes consejos

Adalberto, su ordenación nos alegra a todos; alegra a tu madre aquí en la tierra y a tu amado padre en el cielo. Alegra a la diócesis de Limón, tan urgida y necesitada de nuevas vocaciones a la vida sacerdotal y alegra también a la Iglesia universal.

Pero, sobre todo, alegra a Jesucristo que se siente seguido, amado y testificado de manera relevante entre los suyos. Que esta alegría sea para ti el regalo duradero del Espíritu Santo que hoy has recibido.

De mi parte quisiera que me recibas como tu padre en la fe, y que con el corazón de un hijo escuches mis consejos, que no son fruto de caprichos u ocurrencias, sino de mi experiencia de vida sacerdotal.

Adalberto, ser sacerdote no te da privilegios más allá del privilegio de servir. Levántate temprano, y que tu primer pensamiento sea Dios y nada más que Dios. Que tu alma no descanse hasta encontrarte con él en la oración, los sacramentos y en los hermanos que sufren.

Aprovecha el tiempo, nada de perezas, la vagancia es la madre de todos los vicios. Busque qué hacer, no espere que le digan, que la iniciativa sea un rasgo de su vida como sacerdote. Que cuando se refieran a usted siempre digan qué sacerdote tan activo, tan comprometido y alegre.

Irradie cercanía, que las personas no teman acercarse y compartir su vida. No sea distante ni frío, aprenda de Jesús que supo vivir en medio de las personas, ponerse en su realidad, conmoverse y entregarse por completo.

No deje que lo administrativo le quite el tiempo que debe utilizar para ser pastor. Delegue, confíe y sepa rodearse de la gente adecuada. Que sus compañías lo ayuden a crecer como persona y como sacerdote, nunca confunda la amistad con la fiesta, no se deje llevar por los excesos y aléjese de los ambientes y las personas que sabe lo pueden hacer caer.

Salga a buscar a los pobres, no espere que lleguen. Vaya a sus casas, coma con ellos, siéntase uno más en medio suyo.

Recuerde, se ordena para ser sacerdote de Cristo al servicio de la comunidad, no para ser párroco o vicario de tal o cual parroquia. Todas por igual tienen necesidad de pastores entregados y santos.

La oración y la misa diaria le van a dar fuerza para enfrentar los muchos retos que vendrán. No se deje llevar por la rutina, no se ahogue en banalidades, no llene vacíos con cosas, sino solo con la paz que da el amor de Dios.

Dele oportunidad a los laicos, aprenda de ellos, pídales ayuda cuando sea necesario. El sacerdote no es una isla, ni un príncipe. Es un pastor en medio de su rebaño.

Sepa que soy un Padre que por amor le puedo llamar la atención, y si lo hago me va a doler, pero siempre buscaré su bien para que pueda, con la fuerza de Dios, cumplir con el camino que el Señor quiere para su vida.

Empujados a la misión

Mañana domingo celebraremos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y como lo leía en la misa vocacional del pasado jueves, no quiero dejar pasar esta ocasión para motivar al tema que el Papa Francisco nos propone para este año 2017: “Empujados por el Espíritu para la Misión”.

Nos recuerda el Santo Padre que el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria.

No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión.

Esto vale especialmente para nosotros, los sacerdotes. Con entusiasmo misionero, estamos llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres.

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así, nos recuerda el Santo Padre: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44). Sacerdotes que tengan la seguridad de que Jesús camina con nosotros, como lo hizo con los discípulos de Emaús y que suya es la obra. Él es quien hace germinar la semilla que nosotros plantamos.

La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios. Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión.

Siempre de la mano de la Virgen

Adalberto, que la Virgen María te enseñe el abandono confiado, sin reserva alguna, de tu presente y de tu futuro en Dios. Cuando se nos llama a una tarea difícil, nace en nosotros todo un mundo de temores: ¿Podré? ¿Resistiré?

Estos temores constituyen esa reserva cautelosa que nace del instinto de conservación. La fe de María consistió en la victoria sobre esa reserva y esos temores. Ella se puso en manos de Dios y fue capaz de decir: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38).

No quisiera terminar esta reflexión sin invitarles a todos ustedes, hermanos aquí presentes a volver la mirada a Dios y pedir por Adalberto y el ministerio que hoy se le confía. Y también por todos los sacerdotes de nuestra diócesis y por mí, indigno siervo de Cristo. Sus plegarias suben a Dios y bajan en forma de bendiciones para nosotros. Deseamos y necesitamos contar con ellas siempre.

Que San Agustín, tan importante en tu vida espiritual, Adalberto, San Vicente de Paúl, Nuestra Madre bendita María Santísima y el Sagrado Corazón de Jesús te guarden bajo su protección y amparo hasta el último día de tu vida.

ASI SEA

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

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