Homilía en el 50 Aniversario de la Comisión Nacional de Catequesis

Homilía en el 50 Aniversario de la Comisión Nacional de Catequesis

(Homilía pronunciada el lunes 10 de Julio de 2017, en el Centro Pastoral M. Inés T. Arias, de las Misioneras Clarisas, Moravia, San José, Costa Rica)

(Fotografías cortesía del Eco Católico)

 

Nos reúne el Señor en esta mañana, para escuchar su Palabra y participar de la Eucaristía, en este día en que celebramos el 50 aniversario de la Comisión Nacional de Catequesis.

Damos gracias a Dios por permitirnos vivir este acontecimiento desde la fe, la liturgia y el encuentro fraternal, pidiéndole al Señor que la catequesis costarricense, prosiga en su tesonera y abnegada labor de educar y fortalecer a los fieles cristianos en la fe, en todas sus diversas tareas y en todas las edades, por medio de tantos catequistas generosos y con el apoyo y la oración de todos en la Iglesia, particularmente en las comunidades cristianas.

La Palabra de Dios en este día, nos presenta varias enseñanzas, comenzando por la primera lectura, en la que vemos cómo Jacob emprende la huida hacia tierras de Mesopotamia, escapando de la ira de su hermano Esaú, a quien había engañado varias veces. Y es allí donde le espera Dios.

La escena de hoy, con la escala misteriosa que une cielo y tierra, por la que suben y bajan ángeles y que conduce hasta Dios, parece que tiene una primera intención: justificar el origen del santuario de Betel, en el reino del Norte. Jacob erige un altar a Dios y llama a aquel lugar “casa de Dios”, que es lo que significa el nombre de Betel. Todos los lugares sagrados de las diversas culturas, se suelen legitimar a partir de alguna aparición sobrenatural o de un hecho religioso significativo, más o menos histórico. En el fondo, los pueblos muestran su convicción de la cercanía de Dios y de su protección continua, a lo largo de la historia.

Pero, sobre todo, esta historia quiere legitimar, de alguna manera, el que la línea de la promesa de Dios, que había empezado por Abrahán e Isaac, y que en rigor hubiera tenido que seguir en el primogénito Esaú, ahora pasa por Jacob, aunque sea en medio de intrigas y trampas. Las palabras de Dios a Jacob son casi idénticas a las que escuchó, en su momento, el patriarca Abrahán: “Yo soy el Señor, el Dios de tu padre… todas las naciones se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo…”. Desde ahora, el Señor ha de ser para el pueblo elegido “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”.

Los caminos de Dios son misteriosos. Actúa con libertad absoluta, a la hora de elegir a sus colaboradores en la historia de la salvación. Incluso de las debilidades y fallos humanos, saca provecho para llevar adelante la salvación de la humanidad. Muchas de estas personas, como Jacob, se muestran disponibles a este proyecto de Dios y aceptan ser un eslabón más de esa cadena humana, de la que se sirve Dios para su Reino.

También nosotros, desde nuestro trabajo evangelizador y desde la catequesis, nos sentimos enviados por Dios a este mundo, cada uno en su ambiente y realidad. A lo mejor  no vamos a tener sueños como el de Jacob. Pero tenemos algo mejor, a Jesús que es nuestro Mediador, que nos abre el acceso a Dios y nos ha llamado a ser discípulos suyos y a colaborar con él, siendo luz y sal y fermento en este mundo. Ante las dificultades que esto comporta, tenemos que saber escuchar la voz de Dios: “yo estoy contigo”. Él nos ayuda en el camino, nos conoce y se nos hace cercano.

Tenemos que compartir la confianza que expresa el salmo 90, el que rezamos tantas veces antes de acostarnos: “Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti; él te librará de la red del cazador”.

Por su parte, el evangelista San Mateo nos narra hoy dos milagros de Jesús, entremezclados el uno en el otro: un hombre (al que conocemos como Jairo), le pide que devuelva la vida a su hija que acaba de fallecer, y una mujer que queda curada con sólo tocar la orla de su manto. Ambas personas se le acercan con mucha fe y obtienen lo que piden. Jesús es superior a todo mal, cura enfermedades y libera incluso de la muerte. En eso consiste el Reino de Dios, la novedad que el Mesías viene a traer: la curación y la resurrección, la salud y la vida.

Sabemos que la catequesis, como educación y proceso de la fe, ha de ayudar a los cristianos a encontrarse con Jesucristo. Este es el fin y la razón última de la catequesis: ponernos en contacto con el Misterio de Cristo, por medio de su Palabra y de su enseñanza, como por medio de los sacramentos, por los cuales nos acercamos con más fe a Jesús y le “tocamos”, o nos toca él a nosotros por la mediación de su Iglesia, para concedernos su vida.

En el caso de aquella mujer, Jesús notó que había salido fuerza de él (como comenta San Lucas en el texto paralelo). Así sucede en el encuentro catequético y en la celebración litúrgica: Ambos nos comunican, no unos efectos jurídicamente válidos “porque Cristo  instituyó  los sacramentos hace dos más de dos mil años”, sino la vida que Jesús nos transmite hoy y aquí, desde su existencia de Señor Resucitado.

Hoy nos encontramos de fiesta.

Celebramos el 50 aniversario de la Comisión Nacional de Catequesis, desde aquel memorable día, un 10 de julio de 1967, en que nació como Junta Nacional de Catequesis, como respuesta al proceso de la educación de la fe en el contexto dinámico del Concilio Vaticano II.

Monseñor Román Arrieta Villalobos, siendo obispo de Tilarán, apoyó la idea de renovar la catequesis en Costa Rica y sobre todo de organizarla.  En enero de 1968 fue nombrado el entonces Pbro. Antonio Troyo Calderón, como coordinador de la Junta Nacional de Catequesis, año en que se celebró la Semana Internacional de Catequesis, a la sombra del acontecimiento eclesial de la Segunda Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, allá en Medellín.

Fue a partir del año 1982, con ocasión del Primer Encuentro Nacional de Catequesis, pasó a llamarse “Comisión Nacional de Catequesis”. Progresivamente, fueron tomando forma el Secretariado Nacional, las áreas de trabajo, los secretariados diocesanos de catequesis y el Equipo Nacional de Formación, como también los equipos diocesanos.

Al celebrar los 50 años de camino pastoral, la Comisión Nacional de Catequesis se ha consolidado con su particular espíritu de trabajo en equipo. Los miles de catequistas costarricenses, convencidos de que su vocación y su tarea son una prioridad en la Iglesia, constituyen el mayor motivo de orgullo y esperanza y el principal reto, el cual es el brindarles la formación que necesitan,  para desempeñar  adecuadamente su delicada y noble labor.

Hacemos votos para que su trabajo continúe adelante con entusiasmo, fe y esperanza. Pedimos a Dios que bendiga sus esfuerzos, premie con creces la labor de los que en la Comisión Nacional, han trabajado por tanto tiempo en ella (desde los obispos, sacerdotes y laicos que han entregado su vida y esfuerzos por la catequesis nacional y diocesana), y otorgue la corona inmarcesible de gloria, a quienes ya no están con nosotros, pero que dieron lo mejor de sí por esta Comisión.

Alegrémonos en el Señor y que Él nos infunda fuerza y alegría para seguir adelante y suscite más catequistas en nuestras comunidades cristina y consolide cada día, a nuestra querida Comisión Nacional de Catequesis, por muchos años más. Que así sea.

 

Monseñor Javier Román Arias

Obispo de Limón

Obispo Responsable de la Comisión Nacional de Catequesis

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