HOMILÍA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 2017

HOMILÍA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 2017

(Homilía pronunciada el Viernes 23 de junio, 2017, con motivo de la Fiesta Titular de Limón y Guápiles)

Queridos sacerdotes, religiosas, hermanos en Cristo Jesús.

Qué alegría estar nuevamente reunidos como una familia alrededor de la Palabra de Dios siempre viva y del banquete eucarístico, donde el mismo Señor Jesús se hace presente en medio de nosotros.

Estamos aquí para celebrar al Sagrado Corazón de Jesús, que tanta relación tiene con el devenir de la fe cristiana en nuestra Diócesis de Limón, consagrada desde hace tantos años bajo su protección.

De hecho, todo el mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, por eso es importante valorar el significado y la actualidad que tiene la devoción que le profesamos.

Este culto se basa en el pedido del mismo Jesucristo en sus apariciones a Santa Margarita María de Alacoque. Él se le mostró a ella y señalando, con el dedo, el corazón, le dijo: “Mira este corazón que tanto ha amado a los hombres y a cambio no recibe de ellos más que ultrajes y desprecio. Tú, al menos ámame”. Esta revelación sucedió en la segunda mitad del siglo diecisiete.

Tendríamos que preguntarnos necesariamente: ¿La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es de interés para nuestro tiempo? Cuando hablamos del Corazón de Jesús, importa menos el órgano del cuerpo que su significado. Sabemos que el corazón es símbolo del amor, del afecto, del cariño. Y el corazón de Jesús significa amor en su máximo grado; significa amor hecho obras; significa impulso generoso a la donación de sí mismo hasta la muerte.

 

No se puede vivir sin amor

Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. El Papa Francisco nos recordaba hace poco que el primer paso que Dios realiza en nosotros, es un amor que nos anticipa de manera incondicional.

Dios siempre ama primero. No nos ama porque nosotros tememos motivos que despierten su amor. Dios nos ama porque Él mismo es amor y el amor por su propia naturaleza tiende a difundirse, a darse.

Dios no vincula su benevolencia a nuestra conversión: aunque ésta sea una consecuencia del amor de Dios. El suyo es un amor incondicional, somos sus hijos amados.

Pensemos en esto: para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? Esa medicina es el amor. ¿Cuál es el remedio para los males del mundo? El amor. ¿Cuál es la cura del egoísmo, de las vanidades y de las pasiones desordenadas? El amor. Por eso, dejémonos cada día alcanzar por esa fuerza vital que brota del Corazón bendito de Jesús.

 

Nuestra respuesta al amor de Dios

Cuando Cristo le mostró su propio corazón a Santa Margarita, no hizo más que llamar nuestra atención distraída sobre lo que el cristianismo tiene de más profundo y original; el amor de Dios.

También durante este mes nos llama nuevamente a nosotros repitiendo como lo hizo aquella vez: ¡Miren cómo los he amado! ¡Sólo les pido una cosa: que correspondan a mi amor!

Y ante esta exhortación del Señor, tenemos que hacer un autoexamen de cómo estamos respondiendo a su amor. La respuesta, lamentablemente es que sufrimos una grave y crónica enfermedad cardíaca, que parece propia de nuestro tiempo, y es que se está disminuyendo e incluso muriendo el amor; el corazón humano se enfría cada vez más y ya no es capaz de amar ni de sentirse amado.

¿Quién de nosotros no sufre bajo esta enfermedad del tiempo actual? ¿Quién de nosotros no sufre bajo esta falta de amor desinteresado hacia Dios y hacia los demás? ¿Quién de nosotros no se siente preso muchas veces de su propio egoísmo, el cual es el enemigo mortal de cada amor auténtico? ¿Y quién de nosotros no experimenta, día a día, que no es amado verdaderamente por los que lo rodean?

Cuántas veces nuestro amor es fragmentado, defectuoso, interesado, impersonal, o manipulador… Amamos algo en el otro, tal vez un rasgo característico, tal vez un atributo exterior, pero no amamos la persona como tal, con todas sus riquezas y también con todas sus fragilidades.

Tampoco amamos a Dios tal como Él lo espera: “Con todo nuestro corazón. Con toda nuestra alma. Con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas” (Mc 12,30).

 

Encender el fuego del amor

Este es, pues el sentido y la actualidad de nuestra devoción al Sagrado Corazón de Jesús. A este tan enfermo corazón moderno contraponemos el corazón de Jesús, movido de un amor desbordante. Y le pedimos que acerque nuestro corazón con el suyo, que lo asemeje al suyo. Le pedimos un intercambio, un trasplante de nuestro pobre corazón, reemplazándolo por el suyo, lleno de riqueza.

Pidámosle hoy que tome de nosotros ese egoísmo tan penetrante, que reseca nuestro corazón y deja inútil e infecunda nuestra vida ¡Que encienda en nuestro corazón el fuego del amor, que hace auténtica nuestra existencia humana!

Que seamos capaces de encender ese amor en los hermanos, especialmente los que han experimentado el rechazo, el odio y la exclusión. Seamos signos del amor de Dios para devolverles la esperanza, la alegría y la dignidad de hijos e hijas de Dios.

Pienso hoy en los niños agredidos y abandonados, en los jóvenes desorientados, que han caído en las drogas, en nuestros ancianos, enfermos, indígenas y aquellos en situación de calle. A los que hemos apartado porque pensamos que no son como nosotros, a los que hemos olvidado y a quienes nos persiguen y que deberíamos de amar más.

Hagámoslo contando con el auxilio de la Virgen Santísima. Ella tiene tan grande el corazón que puede ser Madre de toda la humanidad. ¡Que con cariñoso corazón maternal, nos conduzca en nuestros esfuerzos hacia un amor de verdad, sin egoísmo y sin límites!

¡Qué así sea!

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

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