SAN VICENTE DE PAÚL CON RESIDENCIA LIMONENSE

SAN VICENTE DE PAÚL CON RESIDENCIA LIMONENSE

 

Reliquia de Primer Grado de San Vicente de Paúl (Fragmento de hueso del Santo)

(30 de junio de 2017)  La tarde de este viernes, en una sencilla pero emotiva ceremonia, y en el marco de la celebración eucarística, el Padre William Benavides Araya CM, Superior Provincial de los Padres Vicentinos, hizo entrega de una reliquia de I grado, un pequeño hueso auténtico del cuerpo de San Vicente de Paúl, al obispo diocesano de Limón, Monseñor Javier Román Arias.

El Padre Benavides manifestó que:  “la reliquia auténtica fue traída desde la Curia General en Roma, con la intención de expresar al pueblo limonense, a los hermanos sacerdotes de esa diócesis, y a usted como pastor propio de esa porción del pueblo de Dios, que nos sentimos honrados de saber que bajo el patronazgo de San Vicente de Paúl, la historia ha querido mantenernos unidos en ese peregrinar como la única iglesia de Cristo”.

La Eucaristía se celebró en el Seminario de San Vicente de Paúl en Ipís de Guadalupe

Recordó el padre que:  “desde su llegada a Costa Rica en 1877, aunque pedidos para la formación del clero, los vicentinos sentimos la llamada misionera de evangelizar al pueblo limonense”, y que “el celo misionero de nuestros predecesores hicieron que se enamoraran del pueblo limonense”.  Además, hizo alusión a que “los primeros vicarios apostólicos de Limón, fueron Vicentinos”, y a toda la labor realizada por los padres misioneros en Talamanca.

Antes de hacer entrega de la reliquia expresó que:  “Nos sentimos muy honrados en compartir a nuestro Padre Fundador como patrono de ese pueblo amado de Limón, al que hemos servido con sencillez y también hoy, con sencillez, hacemos entrega de esta reliquia a su persona, para la veneración pública del pueblo limonense”.

Por su parte, el Señor Obispo agradeció por la historia del Vicariato Apostólico de Limón y de la Diócesis de Limón, que ha sido de una presencia permanente de los Padres Vicentinos.  “La historia tiene que tener presente que los Padres Vicentinos han estado por más de cien años en la diócesis de Limón”, expresó.

Recordó Monseñor Román que las gestiones para que San Vicente de Paúl fuera declarado patrono de la diócesis y de la Catedral de Limón iniciaron con Monseñor Quirós, II Obispo Diocesano, y que no ha sido sino hasta ahora que el Vaticano lo aprueba.

Certificado de autenticidad de la reliquia de San Vicente de Paúl

El Obispo dijo que: “En algún momento los Padres Vicentinos llegaron a atender todas las parroquias de la diócesis, y es bien merecido que la diócesis tenga como patrono a San Vicente de Paúl, y pedirle a San Vicente que nos siga protegiendo y ayudando para que nos siga enviando sacerdotes tanto diocesano como religiosos que se proyecten hacia los más necesitados, a aquellos que más necesitan del evangelio . Dios les pague la entrega de esta reliquia que se tendrá en la Catedral, para que el pueblo le tenga esa fe a San Vicente para que llegue a ser nuestro modelo de servicio y entrega a los más necesitados de nuestra diócesis”.

Por el momento, la reliquia permanecerá custodiada en la Catedral de Limón, hasta tanto se le coloque en un lugar digno para la veneración pública de los fieles. Su fiesta litúrgica se celebra el 27 de Setiembre, fecha de su tránsito al cielo.

 

Imagen de San Vicente de Paúl

SAN VICENTE DE PAÚL (Tomado de:  https://www.ewtn.com/spanish/saints/Vicente_de_Paul.htm)

Vicente significa: “Vencedor, victorioso”.

Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Su niñez la pasó en el campo, ayudando a sus padres en el pastoreo de las ovejas. Desde muy pequeño era sumamente generoso en ayudar a los pobres.

Los papás lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote.

Dice el santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes.

1º. El Cautiverio. Viajando por el mar, cayó en manos de unos piratas turcos los cuales lo llevaron como esclavo a Túnez donde estuvo los años 1605, 1606 y 1607 en continuos sufrimientos.

2º. Logró huir del cautiverio y llegar a Francia, y allí se hospedó en casa de un amigo, pero a este se le perdieron 400 monedas de plata y le echó la culpa a Vicente y por meses estuvo acusándolo de ladrón ante todos los que encontraba. El santo se callaba y solamente respondía: “Dios sabe que yo no fui el que robó ese dinero”. A los seis meses apareció el verdadero ladrón y se supo toda la verdad. San Vicente al narrar más tarde este caso a sus discípulos les decía: “Es muy provechoso tener paciencia y saber callar y dejar a Dios que tome nuestra defensa”.

3º. La tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma “la noche oscura”. A los 30 años escribe a su madre contándole que amargado por los desengaños humanos piensa pasar el resto de su vida retirado en una humilde ermita. Cae a los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente a la caridad para con los necesitados, y es entonces cuando empieza su verdadera historia gloriosa.

Hace voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres. Se pone bajo la dirección espiritual del Padre Berule (futuro cardenal) sabio y santo, hace Retiros espirituales por bastantes días y se lanza al apostolado que lo va a volver famoso.

Dice el santo “Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable”. Y en verdad que lo consiguió de tal manera, que varios años después, el gran orador Bossuet, exclamará: “Oh Dios mío, si el Padre Vicente de Paúl es tan amable, ¿Cómo lo serás Tú?”.

San Vicente contaba a sus discípulos: “Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades”. Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión”.

Se propuso leer los escritos del amable San Francisco de Sales y estos le hicieron mucho bien y lo volvieron manso y humilde de corazón. Con este santo fueron muy buenos amigos.

Altar donde fué colocada la reliquia

Vicente se hace amigo del Ministro de la marina de Francia, y este lo nombra capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos. Y allí descubre algo que no había imaginado: la vida horrorosa de los galeotes. En ese tiempo para que los barcos lograran avanzar rápidamente les colocaban en la parte baja unos grandes remos, y allá en los subterráneos de la embarcación (lo cual se llama galera) estaban los pobres prisioneros obligados a mover aquellos pesados remos, en un ambiente sofocante, en medio de la hediondez y con hambre y sed, y azotados continuamente por los capataces, para que no dejaran de remar.

San Vicente se horrorizó al constatar aquella situación tan horripilante y obtuvo del Ministro, Sr. Gondi, que los galeotes fueran tratados con mayor bondad y con menos crueldad. Y hasta un día, él mismo se puso a remar para reemplazar a un pobre prisionero que estaba rendido de cansancio y de debilidad. Con sus muchos regalos y favores se fue ganando la simpatía de aquellos pobres hombres.

El Ministro Gondi nombró al Padre Vicente como capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas. Y allí nuestro santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión. Que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo. Y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos y veredas y el éxito fue clamoroso. Las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida. De ahí le vino la idea de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas. Son ahora 4,300 en 546 casas.

El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, que son ahora la comunidad femenina más numerosa que existe en el mundo. Son ahora 33,000 en 3,300 casas y se dedican por completo a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.

San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: “No me queda más dinero para darle”, y el santo le respondió: “¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?”, y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.

Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos. Recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.

Se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos. Aún ahora los Padres Vicentinos se dedican en muchos países del mundo a preparar en los seminarios a los que se preparan para el sacerdocio.

San Vicente de Paúl, Patrono de la Diócesis y de la Catedral de Limón

San Vicente caminaba muy agachadito y un día por la calle no vio a un hombre que venía en dirección contraria y le dio un cabezazo. El otro le dio un terrible bofetón. El santo se arrodilló y le pidió perdón por aquella su falta involuntaria. El agresor averiguó quien era ese sacerdote y al día siguiente por la mañana estuvo en la capilla donde le santo celebraba misa y le pidió perdón llorando, y en adelante fue siempre su gran amigo. Se ganó esta amistad con su humildad y paciencia.

Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: “Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario”.

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”.

El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años.

El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad.

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