HOMILÍA MISA CRISMAL 2019

Catedral de Limón, lunes 15 de abril, 2019

 Los saludo con afecto paternal, en este día en que nos reunimos a celebrar esta Santa Misa Crismal, que es la más hermosa y concentrada expresión de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, que se congrega acá en Limón, en torno a su obispo y a sus presbíteros.

Esta es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y un signo de la unión estrecha de sus sacerdotes con él. Está centrada en la bendición y consagración de los óleos y en la renovación de las promesas sacerdotales.

Especialmente a todos ustedes, hermanos sacerdotes aquí presentes, que en virtud de una gracia especial y por una entrega singular a nuestro Salvador, soportan el “peso del día y el calor” del trabajo pastoral (Mt 20,12), les expreso mi admiración, mi cariño y mi gran respeto, así como mi especial agradecimiento por su entrega.

Me siento muy contento que estén aquí, unidos como toda la gran familia eclesial de la diócesis de Limón. Confío su ministerio a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, que ha de bendecirlos y fortalecerlos cada día en su entrega a Dios y los hombres.

 

Los santos óleos

Dios ha querido salvarnos y santificarnos por medio de realidades materiales, a través de dones de la creación que Él transforma en instrumentos, para salir a nuestro encuentro e introducirnos en su comunión de amor.

Hoy son principalmente cuatro esos elementos o dones naturales que queremos destacar: el agua, el pan, el vino y el aceite. El agua, elemento fundamental de toda vida humana, es el signo esencial del acto por el que nos convertimos en cristianos en el bautismo y es la gran puerta por donde todos nacemos a una vida nueva. Es uno de los signos centrales de la Vigilia Pascual.

Los otros tres, el pan, el aceite y el vino pertenecen a la cultura y al ambiente mediterráneo donde vivió Jesús con su familia y sus discípulos y luego se desarrolló el cristianismo. Son elementos de la creación, pero también remiten a una dimensión fundamental de nuestra fe: el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, en un momento y lugar precisos de la historia. El pan y el vino son materia prima que la Iglesia, fiel a su Señor, utiliza en cada celebración eucarística.

El aceite de oliva es alimento y medicina, embellece, prepara para la lucha y otorga vigor. En el Antiguo Testamento, los reyes y profetas son ungidos con óleo, signo de la dignidad, de la responsabilidad y de la fuerza que Dios les comunica. En el misterio del aceite, está presente en nuestro nombre de “cristianos”. En efecto, la palabra “cristianos”, con la que se designaba a los discípulos de Cristo ya desde el comienzo de la Iglesia… viene de la palabra “Cristo” (Hech 11,20-21), que es la traducción griega de la palabra “Mesías”, que significa “Ungido”. Los cristianos podemos decir que procedemos de Cristo, pertenecemos a Cristo, al Ungido de Dios, a Aquel al que Dios ha dado la realeza y el sacerdocio.

En todas las misas crismales que se celebran hoy o el Jueves Santo en el mundo, el obispo, reunido en la catedral con su presbiterio y el pueblo fiel, venido de todas las comunidades de la diócesis, bendice los santos óleos para todo el año. Así, queda expresada también la unidad de la Iglesia, garantizada por el episcopado, y remiten a Cristo, el verdadero “pastor y guardián de nuestras almas”, como lo llama san Pedro (1 Ped 2,25).

La Iglesia utiliza el óleo en cuatro sacramentos como signos de la bondad y de la misericordia de Dios que llega hasta nosotros: en el bautismo, en la confirmación, en los diversos grados del sacramento del orden y, finalmente, en la unción de los enfermos. De este modo, el óleo, en sus diversas formas, nos acompaña durante toda la vida: comenzando por el catecumenado y el bautismo hasta el momento en el que nos preparamos para el encuentro con Dios Juez y Salvador”.

Esta misa toma su nombre de la consagración de uno de los óleos: el Santo Crisma. Es un óleo relacionado de modo particular con el sacerdocio de Cristo. Lo reciben los bautizados como signo de participación en el sacerdocio común de los fieles. Lo reciben los sacerdotes en el momento de su ordenación presbiteral (o episcopal), para ser configurados en distintos grados con Cristo, cabeza y pastor, para colocarse al servicio del sacerdocio bautismal del pueblo de Dios

 

Un sí pleno e incondicional

Por otra parte, en el diálogo que el obispo entabla con sus presbíteros, en el momento de la renovación de las promesas sacerdotales, les pregunta si quieren unirse más fuertemente a Cristo y configurarse con él renunciando a sí mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes ministeriales que por amor a Cristo aceptaron para el servicio de la Iglesia.

En esta Misa Crismal, amados presbíteros, se nos da la gracia de renovar tanto personal como colegialmente, el “sí” pleno e incondicional al Señor Jesús, que, sin mérito de nuestra parte, nos eligió; a nuestra Iglesia diocesana de Limón en la que estamos incardinados; a nuestro pueblo santo y amado que ama, lucha, canta y reza.

Somos una Iglesia pobre con los pobres, joven con los jóvenes, luchadora, entregada, ecuménica, alegre, cercana y esencialmente sierva de Cristo, a quien debemos encarnar en cada acción y en cada decisión, en cada palabra, gesto y encuentro con cada persona. Que nadie que nos pida ayuda se quede sin experimentar el amor de Dios.

Como nos recuerda el Papa Francisco, “una diócesis funciona bien sólo si su clero está jubilosamente unido, en fraterna caridad, alrededor de su obispo”, frase de la cual se deriva un doble compromiso: la comunión con el obispo y la fraternidad sacerdotal, elementos que no son accesorios sino vinculantes para todos, pues nuestro sacerdocio no es autónomo, sino derivado del ministerio apostólico de los obispos y en comunión con ellos. De ahí la importancia de mantener el esfuerzo de comunión con el obispo y sus indicaciones, procurando una implicación personal en el cumplimiento de la normativa de la Iglesia y los diferentes campos en los que tienen responsabilidades.

En particular, en cuanto a la renovación del compromiso del celibato, recordamos al Papa emérito Benedicto XVI, quien catequizando sobre la entrega exclusiva del sacerdote para el Reino de Dios, recordaba que se trata de “una especial conformación con el estilo de vida propio de Cristo Esposo, que da la vida por su Esposa”.

El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y dedicación, es un regalo para la Iglesia y para toda la sociedad. Hoy somos invitados a renovarlo delante de Dios.

 

Fuerza renovadora

Mis queridos sacerdotes, que el paso del Espíritu que todo lo crea y todo lo renueva, fecunde las raíces de nuestras personas y comunidades con aquella savia que corrió por las venas de los apóstoles, de los grandes evangelizadores, de los misioneros venidos de otras latitudes para traernos a Cristo Una iglesia misionera es una iglesia que envía, que entrega lo mejor de sí para que otros conozcan el evangelio de salvación.

Necesitamos toda esa fuerza renovadora para superar el cerco de sospecha anticlerical, atizado con saña por ciertos medios de comunicación, debido a los escándalos y anti testimonios de algunos sacerdotes.

Se trata de conductas inaceptables, de verdaderos delitos, crímenes que claman al cielo, que constituyen una pesada cruz y una espada de dolor para la Iglesia que nos llaman a velar, a estar alertas, a orar, a buscar la comunión, la fraternidad y la ayuda de nuestras feligresías. Gracias a Dios es mucho mayor el número de sacerdotes fieles, que viven con entrega generosa y alegría contagiosa su identidad propia y su vocación misionera.

Al pueblo de Dios pedimos hoy su oración y su acompañamiento. No nos dejen solos, no permitan que las generalizaciones injustas los aparten de sus pastores. Caminen con nosotros, hagan suya también la tarea de la evangelización y si es necesario, cuando nos sientan desorientados y en riesgo de perder el norte de nuestra vocación, apliquen la corrección fraterna que nos enseña el Evangelio, se lo vamos a agradecer.

Gracias por estar con nosotros en estas semanas tan turbulentas que hemos vivido como sacerdotes, gracias por mantenerse fieles a la Iglesia y saber que no seguimos a ningún hombre, sino a Cristo, Señor de la historia, nuestro hermano y redentor.

En esta fiesta de la comunión diocesana, damos gracias a Dios por habernos ungido un día y habernos marcado para siempre con el óleo consagrado; por habernos alcanzado con su bondad creadora y recreadora y habernos sumergido para siempre en el bautismo amoroso de su Hijo Redentor; por sentarnos una vez más a su mesa y servirnos su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. Que al participar de su sacrificio pascual, su júbilo nos invada cada vez más profundamente y que seamos capaces de llevarlo nuevamente a un mundo que necesita urgentemente el gozo que nace de la verdad.

La pasión, muerte y resurrección de Cristo exigen testigos que la anuncien, la celebren y la vivan. Que la Santísima Virgen María nos ayude en estos días de Semana Santa a compenetrarnos con su Hijo Jesucristo, a seguirle en su Pasión hasta el final, para transformarnos como ella en testigos ardientes y convincentes de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Que así sea.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

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